El Canario

Carlos se dio cuenta de que me refería a mi ciudad natal como “el pueblo”. Le resultó peculiar, o eso creo yo. Dije a Carlos que era grande para considerarse una ciudad, pero tampoco tanto, por lo que le expliqué que para mí era un pueblo. Sus gentes y costumbres conforman un paisaje bastante particular para considerarse una ciudad. Se lo decía mientras paseábamos por la calle Madrid. La calle Madrid, en su primer y más clásico tramo, tiene todo lo que una ciudad y un pueblo desearía tener en una sola calle. «Si vas con prisa -le dije a Carlos- mejor no vayas por la calle Madrid, que te encontrarás a alguien conocido», como nos pasó escasos segundos después.

Todos los pueblos tienen sus personajes, sus figuras, más o menos conocidas. El mío también. Al llegar a casa y terminar de darle una vuelta a Garcilaso, me sobrevoló en la memoria una gran figura, un personaje de la calle Madrid, de esos que era frecuente encontrar paseando un sábado tarde. Todo un poeta, todo un artista. Ese personaje era mayor o, al menos, no se conservaba bien. Su pelo cano crecido y una barba del mismo color le acompañaban en cada garbeo, en el que regalaba su poesía a cambio de la voluntad o de una simple conversación, disfrutando de ella como un verdadero irenita. Recuerdo que El Canario -que es así como se hacía llamar, debido a sus orígenes de la tierra del archipiélago- deambulaba por las calles del “pueblo” estableciendo como ruta principal la calle Madrid, en ocasiones acompañado por una gorra de navegante, a pesar de ser hijo de militar del Aire.  José Raúl Díaz, «el Canario», era también conocido como «el poeta vagabundo» como le llegaron a apodar en un programa de la SER, dado que, a pesar de estar empadronado en el “pueblo”, su vida bohemia le llevaba a pasar temporadas en Valladolid, Soria, Ávila o en diferentes parajes de la terriña gallega (buscando el pan en lugares de donde Camba se fue para hacer lo mismo), en búsqueda de diversas ferias literarias en las que su poesía pudiera tocar el corazón de más gente.

Si la calle Madrid pasaba más de un par de semanas sin atestiguar la presencia de El Canario, las leyendas urbanas empezaban a aflorar acerca de cuál podría ser su paradero: que si se cayó de un quinto piso, que si lo atropelló un tren… Todo esto hacía realidad la queja de una maestra que tuve en los Pobres: «¡cómo os gusta en este pueblo la rumorología!». Y es que El Canario, además de ser poeta, pintor, músico y escribidor -como solía decir Jiménez Lozano-, era figurante en películas españolas y americanas, lo que hacía fortalecer más su mito.

El Canario podría haber pertenecido a alguna generación poética de años atrás, aunque para ello debería de haber nacido quizá cincuenta años antes. La vida a veces te arroja a una época mucho posterior a la que te gustaría haber vivido, a pesar de que es en el presente donde uno mejor puede llevar a cabo su encomienda. Juan Manuel de Prada llegó a preguntarse «¿Cómo será este José Raúl Díaz Viera, embajador ambulante de las musas, vigía furtivo de la luna, buhonero de palabras que captan su brillo a la luz esmerilada de una farola?» El día de su fallecimiento, un periódico tituló: «La calle se queda sin su poeta: El Canario». Y tantos vecinos supimos que la calle Madrid, con sus idas y venidas, había perdido a un cuerdo en un mundo lleno de locos, pues como decía Chesterton, «los poetas no se vuelven locos, pero sí los jugadores de ajedrez».

J.G.

La agenda

No sé si se han dado cuenta. Seguramente sí. Existen en el calendario civil unas cuantas fechas que constituyen importantes operaciones comerciales a lo largo de un año. Y no me refiero a aquellas tan comunes denominadas «mercado de fichajes», en la que los presidentes de clubes se convierten en periodistas a la caza de una noticia en forma humana, que dé cierto rendimiento -económico y físico- al once. Tampoco me remito a las rebajas de verano e invierno. Aludo a la Operación Papel. La Operación Papel, lejos de ser una trama de corrupción (¡la Paper!) es aquella en la que estudiantes de todas las edades nos dejamos a principio de curso los cuartos en libros o elementos de papelería. Los cuartos… o los riñones enteros.

En los últimos años, las librerías han sido dejadas de lado por el consumidor. El negocio es la papelería. La otra de la pareja. Podemos incluso llegar a la conclusión de que la gente escribe más que lee. Craso error. La papelería no deja de ser vista por muchos como el palacio del Señor Maravilloso -traduzcan, traduzcan- en donde es actividad frecuente encontrar bolígrafos de colores raros, tarjetas que nadie sabe para qué son o flautas escolares con las que el niño pueda alegrar la vida a sus vecinos. Distintos materiales escolares y de oficina son apilados, como el anuncio navideño de la apetecible montaña de bombones Ferrero Rocher, pero sin una Isabel Preysler a su lado que te diga palabras dulces para persuadirte. Bolígrafos, cuadernos, calculadoras… y agendas. Ahí quería yo llegar.

En los Pobres, tenían la buena costumbre de entregarnos a cada alumno por el principio de curso una agendita para apuntar nuestras tareas. Constituía no sólo una herramienta del alumno (había quien practicaba el arte del grafiti con ella) sino también una vía de comunicación docente-parental antes de que llegasen las endiabladas plataformas online. Eso hizo mella en mí y ante el comienzo de curso, me dio por comprarme una agenda.

Para las personas ordenadas y para los que intentamos serlo, la agenda es pues, un todo en el quehacer diario. Es por ello que me dispuse a encontrar esta particular libretilla en un recipiente vintage donde la papelera (la hija del papelero) tenía colocadas las agendas. Y no crean que el proceso de compra es algo sencillo. Aunque mi principal requisito era que la agenda tuviese la onomástica diaria. Es decir, el santo del día, esperando no ser el único que pusiera ese “filtro” en su búsqueda agendil. La encontré. Aunque también venían indicados los días mundiales, que no dejan de ser el santoral laico de hoy en día, como leí hace bien poco a alguien.

La agenda es y será ese misterioso lugar en el que poder divisar un pasado limitado, un presente exacto -y desenfrenado-, y un futuro no sólo limitado sino también indeciso. La covid nos ha demostrado esto. No sabremos qué nos deparará el mañana y dudamos entre si vivir el presente o seguir viviendo en el devenir. Y aunque el mañana sigue siendo esencial, debemos fijarnos en el día, como en la agenda, ya que el ahora nos conducirá al futuro.

J.G.

Moyano

Se me hace imposible ir al centro de Madrid porque sí. Sin un motivo aparente. Siempre tiene que constar en acta una razón más o menos ordenada, como una compra o una visita, para atribuir mi traslado al corazón de la capital, aunque muchas veces sea lo más cercano a una excusa autoimpuesta buscada a conciencia. Lo bueno que tiene Madrid es que tiene cien mil lugares-refugio. Y usted me dirá: ¡qué disparate, Javier! Mi pueblo también es mi refugio personal. Y no tendré más remedio que darle la razón, porque comparado con la vida tranquila del pueblo todo es menor. Aun así, algunos necesitamos encontrar un refugio en la gran ciudad, donde no ser nadie y ser uno al mismo tiempo. Algo así como el estrellado Via Veneto barcelonés para Sostres.

En el corazón de la gran ciudad, especialmente dotada de aires de dudosa calidad y gente dispar que transita como pollos sin cabeza -como si el único propósito fuera ese, andar-, encontramos la primera bocacalle del Paseo del Prado, la cuesta de Claudio Moyano, que no deja de ser un refugio de los que amamos los libros y una visita obligada cuando paso por la zona. Cuando acudo a Moyano suelo ir como me encamino a la nevera de mi casa, a la aventura, a ver qué se encuentra uno que le pueda solucionar y apaciguar la tarde. Como un Colón dispuesto a encontrar glorias más allá de la necesaria comodidad que aporta el hogar.

La cuesta de Moyano, que sube y sube hasta llegar a una de las entradas del Buen Retiro, está compuesta por casetas colmadas de libros antiguos, de segunda mano y, lo que es importante -por lo menos para un estudiante con una economía de estudiante como la mía- a un precio bastante asequible. El procedimiento de compra es bastante sencillo, casi como un enamoramiento, en el que libro, que está predestinado a estar contigo, te mira conquistándote, y tú, tontorrón, le dices: “va, te doy una oportunidad”.

Una forma de encontrar un libro es preguntárselo al casetero:

-Oiga, ¿algo de Donoso?-le preguntas. -Tenía cuatro y vendí los cuatro ayer-. -¿Y de Gorgue Bustos?-,-lo mismo- te responde. Aunque, no se engañen: algunos autores abundan en cada caseta. Lo que viene siendo el Trending de Moyano. Muchos filósofos, autores de generaciones conocidas, novelas añejas… Y antiguos y no tan antiguos tratados taurinos. Autores, en definitiva, que se encontrarán con el lector en ese extraño eje espacio-temporal en el que tenemos a bien movernos. Un sujeto que leerá lo que escribieron hace siglos, o hace unos pocos años, personas que quisieron dejar sus ideas reflejadas en unas manchas de tinta. Un regreso al futuro. O algo así.

En un mundo donde lo nuevo y lo reciente está mejor visto que lo que heredamos o permanece, los libros de Moyano dan una lección de eternidad al comprador, dejando claro que, ante todo, es la esencia del libro la que queda, pudiendo además comprobar el paso de este por las manos de diversos lectores, con sus subrayados y garabatos. Una inmensa fuente de conocimiento aportado por otro desconocido.

El comprador ascenderá o descenderá la cuesta bien contento, observado por el monumento a Pío Baroja, como si llevara un inmenso tesoro bajo los brazos. Decía Santiago Isla en una entrevista que el pasillo que lleva de Madrid al Cielo se encuentra en el Museo del Prado. Me parece muy exagerado. El pasaje que nos conducirá de Madrid al Cielo se encuentra en la cuesta de Moyano, donde entonaremos nuestro propio Nunc dimitis de camino a la eternidad.

J.G.

Quién es quién

Si los tiempos de Dios son perfectos, los del Sr. Sánchez no lo son. Y no por la naturaleza más que humana de nuestro presidente sino porque ninguna persona en su sano juicio planifica el calendario político-parlamentario tal y como lo ha planeado él -o Iván Redondo, el que pone la inteligencia en el tándem-. Tras una semana de sesión de investidura inserta en el periodo navideño -no sé si para que los ciudadanos estuviéramos desconectados-, el Sr. Sánchez se ha tomado un descanso y ha ido soltando nombres de sus ministros, como si se tratase de los concursantes de Gran Hermano VIP -me abstengo de llevar a cabo una comparación de estos últimos con algunos ministros-.

¿Se imaginan a Zizou convocando cada día a un jugador a través de Twitter para el partido de la jornada? No, ¿verdad? Eso sí, haría de lo ordinario, extraordinario; algo que, por separado, podría formar el doble de espectación, lo que invita a pensar que esta decisión no ha sido otra que una astuta estrategia del PSOE para no perder protagonismo en los medios con la formación del gobierno. Esto ha permitido a muchos españoles jugar al «Quién es quién», con ánimo de ir adivinando o no a los futuros ministros.

Viendo la plana mayor de lo que será el Consejo de Ministros, es la inverosimilitud hecha equipo de gobierno que, con el presidente, podrían formar dos equipos para un partido de fútbol. Por la cantidad digo. Por una parte bien se podría tratar de una buena telenovela de esas que emiten tras la comida pudiendo encontrar parejas como los Iglesias-Montero o el novio de la presidenta del Congreso, Meritxel Batet, nuevo ministro de Justicia. Me estoy imaginando los programas especiales y portadas si esos ministros fueran de derechas.

Además, un Consejo de Ministros con chistes en forma de nombramientos, como el de Garzón, el marxista ministro de Consumo; o el ministro de Universidades que hace cinco años halagaba a Estados Unidos porque no había ministerio de universidades.

@JavierGregorio_

Discurso real

Escuchar con especial atención el discurso de Su Majestad esta Nochebuena, fue sin duda, una paciente tarea de concentración. El murmullo de los estómagos presentes en el salón, expresaba el deseo de que las suculentas croquetas y demás entrantes salieran en breve por la puerta de toriles para ser lidiadas con éxito. A medida el mensaje se fue alargando, las miradas de los congregantes alrededor del televisor se fueron cruzando para acentuar sus palabras o para expresar aburrimiento, acompañado de una sonrisa sabedora de estar cumpliendo todos juntos con la tradición particular de esta fecha.

Como escribe Girauta en ABC, «la hermeneútica de los discursos reales es casi un género periodístico». El mensaje del rey, de fácil acceso y comprensión, sin perder la formalidad intrínseca de las circunstancias, permite a cualquier españolito de a pie recibir unas palabras de su Jefe del Estado. Unas palabras, como consideramos algunos en el contexto actual, de mayor importancia por la situación de inestabilidad socio-política en la que se encuentra nuestro país.

Es criticable que muchos medios, ante el discurso anual del monarca, prefieran anteponer el análisis del escenario del discurso al propio discurso. Aún así, -y disculpen la siguiente rebaja de mi lenguaje a un nivel diafásico más adolescente- seguramente se deba a que este año no ha habido «salseo» como tal. «Nada nuevo bajo el sol», que dice el Eclesiastés. Quizá algún matiz que remarcar, eso sí. Pero poca cosa. El principal motivo: aún no tenemos gobierno formado. Y eso complica, y mucho, el contenido del discurso. Un gobierno que iría sostenido por partidos contrarios a la corona y contrarios a la unidad de la nación. Y con un presidente, el Sr. Sánchez, de esos que cuando hay tormenta eléctrica, mira a los rayos pensando que le están sacando una foto con flash.

Las ideas claves, desde mi punto de vista, pasaron por los siguientes asuntos: respeto y entendimiento dentro del marco Constitucional; confianza en España, una confianza «que siempre ha sabido abrirse camino» como bien recalcó Don Felipe. Cada vez que mencionaba la unidad de la nación española, hilo conductor del mensaje, me acordé de Iceta por eso de que, según el cebollino Miquel, España tiene ocho naciones. Finalmente, recalcar la mención del Sexto Felipe a los 41 ciudadanos que condecoró con la Orden del Mérito Civil, un fiel reflejo de lo mejor de la población española. Entre ellos, Clotilde, fallecida meses después de recibir la condecoración, que, con 107 años, seguía siendo voluntaria en Cáritas Valencia, visitando enfermos y repartiendo ropa y comida entre los más pobres.

Termina un año que probablemente pase a la historia de nuestro país como «el año electoral» esperando que, como diría Rilke, el año nuevo llegue repleto de cosas distintas y nuevas experiencias. Esperemos que en lo político sea así.

@JavierGregorio_

Feliz 2020 a todos los lectores de Muy Agudo. Reciban un cordial saludo.

Spexit

El exageramiento patrio a la hora de interpretar una realidad, o lo que es lo mismo, a la hora de entender una información, una noticia, es de lo más común. Pintar como chupacabras o, por el otro extremo, como un pequeño insecto a un lobo, es muy nuestro. Como diría Galdós, nuestra imaginación es la que ve y no los ojos. Ahí, cuando la noticia no es legible y no entiendes realmente qué ha pasado, uno tiende a desconectar, a volverse loco buscando la verdad del asunto o a abonarse a una corriente de pensamiento visible en las tendencias de Twitter. Y a veces, optando por la difícil, la búsqueda de la verdad, uno se queda en suelo de nadie.

Algo así ha pasado con el fallo del Tribunal de la Unión Europea. Este determinó que el Tribunal Supremo español debió levantar la prisión preventiva contra Junqueras para que pudiese adquirir su condición de eurodiputado. Aunque pudiese poner en peligro el procedimiento judicial del 1-O en España. El Supremo, recordemos, procuró «asegurar los fines del proceso». Ahí es todo. O casi todo. A partir de ahí se han ido desarrollando sensacionalismos variopintos, de un extremo y otro.

Es palpable la pérdida de soberanía de nuestra nación. Algo que ya sabíamos que ocurriría desde nuestra incorporación a la Unión Europea. Aún así, y tras el fallo del TSJUE, es más evidente. Es por eso que en las redes sociales ya se empieza a hablar del «Spexit». ¿Qué es el Spexit? Una españolización del Brexit británico. Spain exit. Sin más. Un querer dejar de estar donde se está. Merecedor de un «caray» más fuerte que el que soltó Butragueño el miércoles reaccionando al VAR – y ya es decir-. No me parece raro, qué quieren que les diga. Otra cosa es que no lo comparta, ya que dinamitar el proyecto europeo sería un craso error.

El problema de la UE: se está convirtiendo en una nación de naciones en vez de en una comunidad política y económica. Aunque… ¿Se imaginan ustedes una España fuera de la Unión Europea? Preguntémosles a los agricultures que pueden desarrollar su actividad gracias a la PAC. Preguntémosles a aquellos que se mueven libremente por territorio comunitario, sin necesidad de visados. Preguntémosles a los estudiantes que enriquecen su formación por las becas Erasmus. O preguntémonos por este gran periodo que hemos vivido, gracias a Dios, sin guerras en suelo europeo.

La Vanguardia preguntaba ayer en su página web si el proyecto de la UE está en peligro por el Brexit y otros conflictos. Sea cual sea la respuesta de los lectores, la respuesta no es otra que afirmativa, evidentemente. Y es una pena. La creación de Schuman, Adenauer, y los otros padres de la Unión no merece desembocar en esto, aunque no queramos entenderlo. La Unión Europea es uno de los mayores tesoros que han llegado hasta nuestras manos.

Pero mientras, a lo nuestro. Con chuminadas recalcitrantes como el Spexit, que hasta ex-ministros están a un tris de apoyarlo. Y es que no es de extrañar. Nuestro gobierno, que corrige hasta su propia obra -véase el caso de las cuentas andaluzas- no hace más que buscar apoyo entre sediciosos golpistas. ¿Cómo piensan que vamos a construir algo fuerte, algo común, si dentro de los propios países de la Unión se alimenta a los secesionistas? Caray.

@JavierGregorio_

Feliz Navidad a todos los lectores de Muy Agudo.

Vaselina

La afición por escribir cartas en nuestro país se ve reducida a una o dos únicas ocasiones al año, en la mayor parte de los casos. Los destinatarios de esas cartas: Papá Noel y/o Sus Majestades, los Reyes Magos de Oriente. La escritura de esta correspondencia tan particular es la única forma, en muchos hogares, de enseñar a las nuevas generaciones esta antigua modalidad de comunicación, en desuso debido a las nuevas tecnologías. El futuro de nuestra sociedad prefiere escribir whatsapps de amor que cartas, aunque los dos puedan tener el mismo resultado, pero la carta imprime personalidad y autenticidad.

Volviendo a la carta dirigida a los Reyes Magos, hay quienes detallan de forma pormenorizada lo que quieren: algunos piden regalos más etéreos y otros materiales. Otra parte, muy pocos, dicen lo que no quieren. Incluso lo dicen en público, como García-Page hizo esta semana.

En medio del guirigay protagonizado por la búsqueda de apoyos para investir presidente al Sr. Sánchez a costa de pactar con los independentistas -a pesar de que Mr. Falcon dijese en campaña que estos eran peligrosos-, un puñaíco de los barones territoriales del PSOE tienen la valentía de plantar cara, de una forma u otra, al líder de su partido. Como Javier Lambán, secretario general del PSOE-Aragón que llamó supremacista a Iceta y Emiliano García-Page con su no deseo para el día de la venida de los Reyes Magos. García-Page, presidente de la comunidad de Castilla-La Mancha, ironizó acerca de lo que no quería que le trajesen los Reyes: vaselina. El mismo día que su partido se reunía con Esquerra. Vaya coincidencia.

El sarcasmo de García-Page, tan poco propio de un político de altura, deriva hacia lo chocarrero y ramplón. Eso sí, su intervención no ha sido otra cosa que una manifestación de molestia y estupor por esa parte del PSOE que aún cree en España y en el orden constitucional. Porque sí, existe. Pero a ellos, a los de Ferraz, se les llena la boca con federalismo y un modelo federal para España, cuando no saben dar voz en su propio partido a las diferentes organizaciones territoriales que conforman su formación.

No sé si Rajoy habrá escrito ya la carta a los Reyes. Lo que sí ha escrito y presentado esta semana en los medios es su nuevo libro. No sé a ustedes, pero Sánchez ha provocado en nosotros una morriña a Rajoy -no estoy desvariando- que sobrepasa la normalidad. Cada vez que le vemos en la pequeña pantalla, en vez de reproches nos salen expresiones adolescentes: «¡qué mono!». Estoy seguro de que el libro de Rajoy irá incluído en la carta de muchos españoles, no sé si porque echan de menos al presidente M. Rajoy, pero lo que estoy seguro es que lo valorarán porque lo ha escrito él mismo.

@JavierGregorio_

Tamara

Recuerdo que desde pequeño me gustaba ojear las revistas del corazón. En tanto la revista pasaba de mi tía a mi abuela y de mi abuela a mi madre, siempre existía una confluencia espacio-temporal en la que un servidor podía hacerse con las noticias más calientes del mundo de la socialite española (la internacional era despachada rápidamente por tratarse de famosos y casas reales ajenas a mi interés). Ver esas chicas estilosas y esas casas envidiables siempre eran un estímulo de ensoñación para una edad precoz.

Desde esos tiempos, las revistas del papel cuché, cargadas de intríngulis amorosos, se han ido adaptando a los nuevos tiempos y exigencias del lector. Salir en las revistas mencionadas ya no depende de tener cierto apellido o de salir por la puerta grande de tal plaza o escenario. El mundo de las redes sociales ahora te permite ascender hasta las páginas o portadas del ¡Hola! o el Semana completando así una nueva forma de fama. El clan influencer de las Pombashian da cuenta de ello. Aún así, hay personas con apellido y título nobiliario que seguirán apareciendo en estas páginas. Como ella. La clásica de este tipo de revistas: Tamara Falcó. Hija de la mediática Isabel Preysler y el Marqués de Griñón.

Tamara se ha proclamado ganadora de MasterChef Celebrity, la versión para aspirantes famosos del programa de Televisión Española. Debo reconocer que vi entre poco y nada el transcurso de los programas. El clásico formato de adultos de Masterchef suele ser más interesante que el de celebridades o niños, ya que estos ponen más la carne en el asador, permítanme la ironía. Aún así, seguí el avance de mi aspirante favorita, Tamara Falcó, a través de las redes, desembocando en su victoria en el concurso. Tamara ha dado al programa grandes momentos, siempre acompañados de su sonrisa, sinceridad y buen hacer. La clave para ganar el concurso: esfuerzo y ser uno mismo. Parece la personificación de las obras de Dale Carnegie. O algo superior. Una forma de ser que llamó la atención de sus compañeros, incluso de los jueces estrella Michelín.

A vueltas con los golpistas, comunistas y demás traidores de la nación, dicho así al más puro estilo de Federico,  es necesario encontrar en los medios concursos cómo estos que no sólo forman y entretienen sino que también muestran gente valiosa. Deseando que TVE elija a Tamara Falcó para las campanadas. Con Ramontxu, si es posible.

@JavierGregorio_

¿QUIÉN GANÓ?

Hay películas que siempre repiten en Navidad. Repiten o repetían. No sé si recuerdan uno de los clásicos navideños de Disney: Mickey descubre la Navidad. En esta película, compuesta por cortometrajes con los personajes de animación de Disney, se encontraba una historia llamada «La Navidad Infinita» protagonizada por los tres sobrinitos del tío Donald. Estos decidieron pedirle a una estrella que fuera Navidad todos los días. Y dicho y hecho. Todos los días fue Navidad. Al estilo del día de la marmota. Finalmente, los tres sobrinitos decidieron volver a pedir a la estrella, hartos de la festividad navideña, que dejara de ser cada día 25 de diciembre.

Los españoles amamos la democracia. Por eso, a la gran mayoría nos gusta la celebración de la fiesta de la democracia. Otra cosa es que, en cuatro años, ya se haya celebrado cuatro veces. Ahí, acabamos hartos de tanta votación; es entonces, cuando la piloerección habitual propia de las jornadas electorales deja paso a un empachamiento supino; aunque, eso sí, recordando que las elecciones son un paso más en la historia de un país -o eso dicen-.

¿Quién ganó? Seguramente sea la pregunta más difícil de descifrar tras la jornada electoral del 10N. Para muchos fue el Sr. Sánchez. Aparentemente ganó. Sale en todas las portadas. Consiguió 120 diputados, perdiendo 3 respecto a abril, dejándose casi un millón de votos. Lo que demuestra que «el ciclo de la nueva transición» desenterrando al general Franco, no le ha dado rédito electoral alguno. Igualmente, salió victorioso al escenario de Ferraz. El Sr. Sánchez se sientió ayer arropado por su militancia mientras pedía silencio para poder hablar. Pero ¿realmente ganó el PSOE? No. Casado tampoco ganó. 22 diputados más, sólo le han reafirmado como líder del centro-derecha español. Abascal, por su parte, salió a la calle Bambú victorioso y rebosante de alegría con 52 diputados. Muchos señalan a VOX como principal ganador -Ortega-Smith pronunció el brindis de Don Diego Hernando de Acuña, el brindis de las grandes ocasiones- aunque no comparto la opinión. VOX no quería quedar el primero. Creo que ni el segundo. Y si nos parece difícil descifrar quién ganó ayer, más díficil será de analizar el perfil del votante que ayer optó por VOX. Aunque el hartazgo seguramente sea un rasgo común. ¿ Y Ciudadanos? o mejor dicho, ¿Rivera? Hoy ha dimitido el presidente de los naranjas, como consecuencia lógica del batacazo de su partido en las urnas. De ser la tercera fuerza política ha pasado a ser la sexta, dejándose 47 diputados por el camino. Su papel pasivo en la anterior legislatura no queriendo negociar y diciendo NO al Señor Sánchez, le ha costado unos resultados pésimos. Ayer, como comentaba Fernando de Haro, había más caras alegres en un tanatorio que en la sede de Ciudadanos.

¿Entonces? ¿Quién ha ganado? Como firma hoy Carrascal en ABC, «nadie gana», pero quizá haya habido una pequeña victoria de los partidos secesionistas, quienes han ganando en una Cataluña polarizada y dividida.

Termino de escribir este artículo a las 18h del día después de las elecciones. Y, mirando de nuevo los resultados, reconozco muy a mi pesar que el bloqueo político continúa. Esperando que no haya unas quintas elecciones, observo que, al fin y al cabo, como canta Julio Iglesias, la vida sigue igual.

@JavierGregorio_

Carmelo, peluquero

Viernes tarde o sábado mañana. Cada dos meses. Calculado. Me gustaba ir a cortarme el pelo. No por mi corte, «lo más corto posible», como decía mi padre, sino por toda la pompa y parafernalia desde que uno subía los dos peldaños y entraba en la clásica peluquería. Imagínense la peluquería: una de toda la vida. Con sus sillones comodísimos, sillas, mesa de lecturas, espejo, calendario oficial del ayuntamiento de la ciudad, un cuadro que nunca se me borrará de la memoria, una pequeña televisión con su TDT y una radio. Los viernes tarde, Carmelo ponía algo de western en TeleMadrid. De vez en cuando, echaba un ojo a John Wayne y su revólver. Los sábados, Radiolé.

Uno iba con prisa por la calle deseando no encontrarse de frente algún otro cliente que le quitara el puesto, vislumbrando de lejos el cartel que rezaba «CARMELO, PELUQUERÍA DE CABALLEROS» con la última letra de su nombre borrada, efecto que acreditaba la infinidad de años que el buen hombre llevaba trabajando. Dada su buena fama, a no ser que fueras el sábado a primera hora, ibas directo al sillón de espera. Siempre había cuentos, aunque yo prefería leer con mi padre El Mundo (¿lo dudaban?), que cada mañana traía Carmelo. El peluquero tenía más perfil de ser lector de ABC (si es que el diario monárquico tiene algún estereotipo de leedor), pero su hijo trabajaba en la sección de deportes del, por aquel entonces, diario de Pedro J., sección del diario que mi padre siempre abría primero, aunque yo fuese más de la sección de «España» y de las viñetas humorísticas (mi parte favorita de las páginas de opinión, al ser la más comprensible por mi corta edad).

Cuando nos tocaba a los Gregorio, se sumía en una infinidad de temas que a veces repetía pero que eran muy divertidos. Desde cuantas veces iba el Padre Juan a la peluquería, hasta los más recónditos temas de política municipal y de la Comunidad de Madrid, contando los embrollos de las cloacas políticas hasta los temas más rebuscados del corazón de las élites madrileñas. Temas que no conocía ni Jaime Peñafiel. De vez en cuando nos contaba la competencia de «moros y chinos que le quitaban la clientela» aunque rápido con mi silencio aterrador enlazado a mis nociones liberales, cambiaba a preguntarme cómo me iba en el colegio, donde su hijo también había estudiado.

Siempre te despedía con un puñado de caramelos, expresando su deseo de que volvieses pronto por su local. Cuando Carmelo cerró, se acabó una era. En lo personal, uno empezó a dejarse el pelo más largo o a hacerse cortes diferentes. En lo comunitario, los vecinos empezamos a extrañar los «cortes con conversación» cercana y amena que te amenizaban el rato, representación del oficio tradicional que hoy sólo desempeñan un puñaíco de españoles. Vuelve, Carmelo, vuelve.

@JavierGregorio_