Antídoto fresco

El verano requiere de temas frescos. Noticias que hagan la delicia de las sociedades desocupadas (¡o sobreocupadas!) en la política y en diversas vacuidades que producen el agotamiento del español medio. Las noticias frescas se sobreponen en los diarios a las tan de moda mercancías que sobrevuelan las redes sociales, indicando qué hace mal uno, las cuales están realizadas por esos periodistas conocidos como «cables de lavadora», como dice el chiste, ya que no sirven ni para la radio ni para la televisión.

Estos temas frescos, como usted recordará -con la tan buena memoria que tiene como yo se la imagino, queridísimo lector-, han variado cada verano. Si el Ecce homo de Borja restaurado por Cecilia Giménez u otros temas (¡lo de Ponce!) fueron el pan nuestro de cada contraportada, este verano parece que, después de la Operación Camarón, los audios off the record de Florentino Pérez son el tema fresco. Desde esta bitácora, declarada madridista, se apoya a Florentino por dos razones. La primera porque las conversaciones mantenidas están sacadas de contexto y son lanzadas en este instante con unas intenciones a saber cuáles. Y la segunda, porque Florentino es exalumno de los Pobres, y este aspecto invita a la deferencia y lealtad intergeneracional de los que también lo somos.

Uno de los grandes placeres que pueden experimentarse a lo largo del año, pero con más deleite en verano -convirtiéndose así en el antídoto fresco-, es la lectura de una revista de papel couché. Así, el español marujo sustituye, por ejemplo, las noticias del procés, por la información puntual del estado de la marquesa de Griñón y su novio («¡qué ideales Tamara e Íñigo!», grita el pueblo). La prensa rosa son aquellas páginas en las que el lector se interesa por los condes de Alba de Yeltes aunque no conozca de la existencia de tales condes. Además, uno accede a casas ideales de desconocidos. He ahí la gracia. Una especie de fetiche del intrusismo en el que el lector de tales revistas se regodea.

Durante mi retiro en la costa levantina, se compró el ¡Hola! como refugio de la época estival. Ojeando (u hojeando) la revista, mis globos oculares se detuvieron ante lo que podemos bautizar como el declive occidental en el vestir. Era un pequeño infante el que posaba, sonriente ante las cámaras. Acostumbrado a tal costumbre, parece ser. Raphaël Elmaleh -de los de Mónaco, bisnieto de Grace Kelly- iba vestido (¡ojo al dato!, que diría el rey de la noche) con un traje de lino, pero con unas deportivas bastas (¡unas playeras!) como calzado (¡horror!). Que lo hagan en mi pueblo donde el chándal es el traje regional, vale, estamos acostumbrados, pero que lo haga la aristocracia descendiente (¡además!) de Grace Kelly… Esto denota que la batalla que hay que librar no es solo cultural, sino también estética. Algún día se demostrará cómo los responsables de tal moda son los responsables de las grandes maldades del mundo, o peor, los creadores del concepto menú infantil. Recuerdo ir con once años -más o menos- a una boda en la Castilla profunda. Me pusieron el menú infantil, cuando lo que servidor realmente deseaba era probar el cochinillo autóctono. ¿Qué querían que fuera de mí en el futuro, un lector cualquiera de Lo País y amante de los bocatas de saltamontes en comunión con la Agenda 2030 o 2050, ¡qué se yo!?

Cuando me dispuse a visitar el Museo del Prado hace un año por estas fechas, se dio una escena que nunca olvidaré. Admirando las pinturas que se encuentran en la sala donde se alberga Las Meninas, empezaron a entrar hombres vestidos de negro. Parecían trabajar en colaboración con los seguratas del museo madrileño. Cuando procedieron a cortar el acceso a las puertas de la sala -de tal forma que no se podía retroceder en el trayecto de la visita- me acerqué a una de las trabajadoras de seguridad.

-Perdone, ¿qué está pasando aquí?- o algo así le dije, sacando libreta, bolígrafo y grabadora. Ya saben, gajes del oficio.

Ella se puso de puntillas para alcanzar mi oído y me dijo, como si fuera un secreto de estado:

-Viene don Felipe VI. Entrará en medio minuto. Así que colóquese junto a mí y le verá perfectamente.

Pude ver al Rey. Pasó a escasos metros de mí. Cuando llegué a mi casa, busqué en la página web de la Casa Real las fotografías oficiales de la visita y pude comprobar que compartía una foto con el Monarca. Servidor, que aunque no sea muy felipista es monárquico, se alegró. Lo peor: me fijé en cómo yo iba vestido. Aquel día me había ataviado cual turista guiri, lo que no procedía en una fotografía con Su Majestad. Mi vestir incluía unas deportivas, unas playeras. Como escribe el xornalista, «no deja de ser curioso cómo la vida va escribiendo tramas paralelas a tu espalda y elige siempre el peor día para unirlas, como un festín macabro». Por lo menos iba fresco fresco.

J. G.

Dies irae

Un trayecto ferroviario es excelente para demostrar la locura de uno. Cuando le comenté aquello, estábamos volviendo en tren. Retornábamos al pueblo, tras habernos visto en la capital con un amigo cuya presencia física no disfrutábamos desde hacía tiempo. Cosas de la década. Cuando se lo dije a mi compañera de viaje, me lanzó una sonrisa irónica, algo así como una mueca en la que se veía reflejada mi extravagancia.

-Creo -le dije- que voy a terminar encarcelado en un futuro. Entre cuatro rejas.

-¿Por qué dices eso, Javier?- lanzó la pregunta, acompañada de esa sonrisa giocondina.

Días antes pude leer la noticia sobre un profesor de instituto de la ciudad complutense, que había sido suspendido de empleo y sueldo por asegurar que únicamente existen dos sexos, el masculino y el femenino. Pensé para mí que aquel tiempo en el que había que desenvainar la espada para asegurar que el pasto es verde, como decía el gran inglés, había llegado. Para los que amamos la verdad y deseamos cooperar con ella (¡Ella!), se avecinan tiempos en los que hay que, siguiendo la cita citada, afilar nuestras espadas -entiéndanme-. Ay.

Tras despedirnos, me dirigí a mi santa casa imaginando todas las estupideces por las que podrían detenerme. Maquinaba para mis adentros como en un futuro no muy lejano (¡uf!) la alcaldesa podría enterarse de mis discordancias con el decorado LGTB del pueblo y llevarme al trullo. O los rastreadores de redes sociales ver que escucho la Marcha Radetzky -marcha inflada de influjos nazis, claro- y terminar de la misma forma. «Total -musité para mis adentros-, la perdición es segura, preparémonos, por lo que pueda pasar».

Comencé a montar una fantasía en mi cabeza. Me ví encarcelado con no muchos años. El polo que llevaba en mi imaginación era naranja y estaba numerado, cual ovejita en el redil. Al menos ese polo imaginario era más bello que el de los trabajadores de Repsol o que el uniforme de los Pobres –que estéticamente vienen a ser casi lo mismo-. Me hallaba en un módulo cuyos presos habían sido encarcelados por faltar a la verdad oficial, a la verdad aceptada, es decir, por denunciar la mentira. Algo así como si fuera el prólogo a lo que describe el Dies irae (¡como predijeron David y Sibila!). Aunque tengo que decirles que en mi imaginación no era todo tan apocalíptico.

Como no vamos a ser pocos, si fuera así, se me ocurrieron varias actividades que los reclusos podríamos practicar. Una de ellas una tertulia. A la antigua. Literaria. Pero debía de ser secreta. Para ello nos concentraríamos en un rincón del patio, bebiendo un chisporroteante Seagrams tónica comprado en el economato para encarcelados. Esa sería la señal. Allí se hablaría de libros. De autores clásicos pero también contemporáneos. Siempre se encuentran autores que calientan el alma del lector, profetas que, como tales, denuncian, anuncian y brindan esperanza a través de sus escritos.

Otra de las actividades que podríamos organizar sería una observación nocturna de los astros en el patio externo. Desde antiguo nos ha inquietado el significado de toda esa cúpula celeste, como si hablase de nosotros en algunos términos. También, como seguramente tendríamos a algún artista entre nosotros, este podría explicar el significado de algunas obras pictóricas y, a continuación, intentar imitarlas. Clases de artes liberales en las que el Trivium et Quadrivium estarían presentes.

Sin lugar a dudas, se nos impediría en todos los términos celebrar. Lo sé. El simple hecho celebrativo es el mayor acto revolucionario que puede acontecer. Hasta hoy en día-interrumpí mis pensamientos de futuro mientras llegaba a mi portal-, se ha expropiado a las sociedades cretinizadas por la cultura de masas actual la capacidad de celebrar con los otros. Deberá ser nuestro ejemplo aquella mujer que encontró él dracma perdido y lo celebró con sus amigas y vecinas, ya saben. Alegrarse y festejarlo con los demás.

Cuando llegué a mi casa tras el paseo, se me borraron del todo los pensamientos. Solo una vez escondido el astro rey, traté de poner en orden aquello que había imaginado. Tengo esperanza en que esos días en los que se llegue a coartar la libertad por proferir verdades, tarden en llegar. Aún así, preparémonos intelectualmente y espiritualmente, sobre todo los más jóvenes, para ver cosas que jamás creeríamos que nuestros ojos presenciarían. Aunque, por lo menos, en medio de esa vorágine, usted y yo podríamos compartir celda.

J. G.

Virgen de la Terraza

Me atrevo a afirmar que las terrazas de los pisos están infravaloradas. Entiéndanme. Estéticamente, si pertenecen a aquellas viviendas construidas en los años ochenta, no hacen un favor a nadie. Es cierto. Pero fijándonos en el fin último de estas, las terrazas son, como indican muchos de los que tienen este privilegiado espacio en su piso, un vergel donde poder oxigenarse en medio de la urbe. Al balcón o terraza casera se le pueden dar muchos usos.

Me viene a la memoria aquella señora de mi pueblo. Su terraza, según nos contaba, había sufrido un proceso de transformación: ahora era un huerto. Pero un huerto especial, no se crean, un huerto natural. Lo mejor de todo era el secreto de la naturalidad del huerto. La enjundia del asunto residía en que las hortalizas eran abonadas con estiercol autofabricado. Uf, uf. Cuando mi pueblo era todo campo, la gente no hacía esas cosas. Recuerdos escatológicos aparte, la terraza es como una tarjeta de visita. Al igual que el estado de la biblioteca de uno da cuenta de su capacidad organizativa, como indica el hombre del sillón, la terraza invita a reflexionar sobre cómo se presenta la familia ante el mundo. No es moco de pavo, créanme.

Hace unas semanas, una tarde cualquiera, me encontraba estudiando en mi cuarto. Escuché un bullicio en la calle, sonidos que se intercalaban con unos golpes de martillo. Mi incapacidad para concertrarme con semejante ruido hizo que surgiera el visillero que hay en mí y que me asomara de refilón por mi balcón (¡que no me vean, que no me vean!). Me percaté de que la terraza de los vecinos de enfrente estaba muy concurrida (¡el aforo!) con personas que parecían estar colgando algo de la pared. Esperé a que la situación se despejase para intentar averiguar qué era lo recién inaugurado. Cuando llegó el momento, vi algo, como un cuadro, pero no pude divisarlo bien, por lo que me hice con unos prismáticos para poder contemplar correctamente lo que ahí había sido colgado.

-¿No eres un poco cotilla?- me preguntaron los prismáticos, provocando que saltara del susto.

-Mi objetivo no es otro -les dije- que averiguar el secreto que se esconde en esa terraza. Y a callar, que vosotros no deberíais hablar.

Una vez enfocado el objeto colgado, identifiqué lo que era. El enigma terracero estaba resuelto (¡ah!). Los vecinos de enfrente habían decidido colgar una cerámica en la que se representa una advocación mariana, una preciosa representación de la Virgen (¡Madre mía!). A partir de ahora mi calle tendrá el privilegio -musité- de tener una imagen de la Madre de Dios: la Virgen de la Terraza, Nuestra Señora del Balcón.

Presenciar expresiones como esta en donde se junta lo público y lo íntimo, es una bocanada de aire fresco ante el vertiginoso suceder de manifestaciones y declaraciones pasajeras que caracterizan al mundo -pos-moderno que indica a traves de sus tentáculos sistémicos lo que debemos pensar o hacer. Carlos Marín-Blázquez afirma en «Contramundo» que «la tradición se preserva en una caligrafía de gestos». Las nuevas formas de resistencia ante las tropelías del mundo moderno son expresiones sencillas, casi irreconocibles, pero que invitan a la esperanza. Pequeñas acciones que van a contracorriente de lo que a uno el mundo le invita. Para ello se necesitan valientes, que en la hora oscura sepan plantar cara, de forma sencilla, como Franz Jägerstätter, haciendo frente a lo que sabemos que no es correcto; además de transmitir el tesoro encontrado, el regalo vivido. Ya lo cantan los madrileños Club del río: «porque esta es la verdad / mantener la llama en la oscuridad». Sólo hay que ser conscientes de lo que está sucediendo en nuestra sociedad. Y actuar en consecuencia de tal forma que podamos refugiarnos en nuestros pequeños quehaceres diarios, sabiendo que el trabajo está bien hecho; contando, además, con luces de referencia, aunque eso, dilectos lectores, ya formará parte de otro artículo.

P.D.: Cuando regresé al interior de mi habitación, mi mirada se cruzó con un libro. Me lo había leído en diciembre, y tenía el valor que tiene un testimonio. Dos testimonios, mejor dicho. A juzgar con la portada, cualquiera lo relacionaría con un best-seller adolescente (o sea, un libro sistémico, de pensamiento progre) pero no era así. Me fijé en él, como si quisiera decirme algo. Recordé que en la penúltima página del libro, uno de esos autores mencionaba a un compositor. Fue en ese momento cuando recordé una de las canciones que había escrito el joven compositor citado. Algo se apropió de mí, de tal forma que fui corriendo a por la guitarra. Una vez desenfundada, me desabroché los dos primeros botones de la camisa y comencé a tocar los primeros acordes de la canción recordada. Mis dedos se iban deslizando, el ritmo iba subiendo y de mi boca salía una canción: «Que no me canse nunca de mirarte / Y repetir con humilde devoción / Te quiero con locura, preciosa Madre /Tú, el mejor regalo de mi Dios».

J. G.

4M: una vuelta al cole

Comparto con el abuelo de García-Máiquez, recordado en un reciente artículo, la rutina de la siesta, algo sacro. O al menos una costumbre digna de conservar. Creánme, caros lectores. Si piensan que estoy haciendo apología de la pereza, están muy equivocados. La siesta es un aprovechamiento placentero del tiempo con el ánimo de restaurar nuestro vigor humano. En mi caso, no dura más de quince minutos. Pero oigan -o lean-, tampoco piensen que me voy a la cama. Tras repasar la Tercera del día o lo de Ruiz-Quintano, caigo rendido en el sofá, hasta que una puerta, abriéndose o cerrándose, me despierte.

Cuando me avivo tras la duermevela, me levanto preocupado. A ver si, en esta España nuestra, ha dimitido alguien. Pero no, rara vez me llevo tales alegrías. Y cuando me las llevo, momentos después anuncian que se presentan a unas elecciones. O al revés. El caso, que me distraigo. Hace unos días, tras gozar de estos quince minutos, madre dijo que me había llegado una carta. Me sobresalté. Intenté pensar quién podría haberme escrito. Recordé que el banco ya no envía nada porque ya no dan nada. Ni unas sartenes, ni un disco de Melendi. Ni un mísero interés en forma de unos centimillos (ni un par de peniques, «son para la comida de las palomas»). Corrí a la cocina a ver quién me escribía. Por el camino, todos los antepasados encerrados en los retratos de la casa me miraban sorprendidos, como asustados. «¡Qué culpa tengo yo de pasmarme si me llega una carta, queridos ancestros!» -les dije- «son otros tiempos». Ay. Una vez me hallé en la cocina, abrí el sobre con la misma emoción y devoción que un americano abre una carta, creyendo haber entrado en la universidad de sus sueños, no sin antes observar las características de la correspondencia. Visualicé un sobrecito blanco, pequeño, «tan blando por fuera, que se diría todo de algodón». Era la invitación a una fiesta.

Una fiesta… já. Aunque algunos lo llaman así. Fiesta de la democracia. El escudo de la Nación y unas letras azules indicaban la procedencia de la misiva: «Oficina del censo electoral». A pesar de mis frecuentes despistes, recordé que vivía en la Comunidad de Madrid y que tenía la edad suficiente como para ejercer libremente mi derecho al voto -muchas veces se me olvida lo esencial-, por lo que interpreté rapidamente la intención de la carta. Me anunciaba dónde iba a votar. Lo habitual siempre había sido votar en el ayuntamiento. Cuando uno vive en el centro («centrado, muy moderado») de un pueblo («más que centro, epicentro»), es lo que toca. Aunque me sorprendí. La mesa que habitualmente nos toca al clan de los Gregorio no iba a estar situada en el ayuntamiento. ¡Iba a estar en los Pobres! Una vuelta al cole en toda regla.

No me declaro entusiasta del actual sistema de las autonomías. Para empezar, porque no cumplen con la tradición política española. Además, no reconozco ninguna patria en ese territorio definido como Comunidad de Madrid. Patrias dos, la chica y la grande. Y una tercera, la mayor, la celestial. Allá donde hay que aspirar a llegar. Aquello del Ubi panis ibi patria es el Mr. Wonderfull de la tragedia de Marco Pacuvio, hagan caso. Aun así, no es bueno que nos desentendamos de estas próximas elecciones por todo lo que está en juego. Lo que está sobre la mesa no es un conjunto de asuntos menores. La continuación de una correcta gestión de la pandemia, la permanencia de unos tipos impositivos bajos en estos tiempos de zozobra económica y la batalla de -algunas- ideas frente a una izquierda cainita, son la baza con la que cuenta el equipo Ayuso; todo ello con un VOX 2.0 que suma la cercanía con los trabajadores y la clases populares -comprobándose en el éxito que han tenido en precampaña-, la batalla en pro de la seguridad de los barrios, cuestión que no se atreven a tocar otros partidos -ni el fresero Edmundo Bal (¿quién es ese?)- y la defensa de unos valores conservadores.

Dicen algunos entendidos que estas elecciones pueden ser un primer boceto de las próximas generales. Los madrileños hemos tenido la suerte (¿?) de tener en nuestra mano una oportunidad para el cambio de la política nacional. Aun así, déjense, por favor, de eslóganes vacuos. «Comunismo o libertad», gritan algunos. No estamos en los ochenta, estimados boomers, millenials y zoomers. Y -entrando al juego- si eligen libertad, sean coscientes de que hay una libertad mayor. No todo es lo material. Veritas liberabit vos.

Depositaré mi voto en donde tantas historias han transcurrido, encontrándome con el estudiante que fui. Cuando marchamos de algún sitio querido, siempre queda algo nuestro allí, una esencia que no se puede recuperar. Esto seguramente pensaré cuando haya votado y no en quién va a ganar. Una vez salga de los Pobres y comience el escrutinio, ojalá que las campanas repiquen vibrantes por el levantamiento del pueblo madrileño a favor de la libertad, como presenció esa fachada en 1808. Aunque sea solo para que, al día siguiente, de una forma placentera, sabedores del marco de libertad económica y política en el que se va a mover nuestra región los próximos años, podamos estirar la pata (¡oh!) para poder dormir una buena siesta (¡ah!), logrando conciliar el sueño sin algún político que yo me sé dentro de la Real Casa de Correos (¡uy!). Madrileños, como cantan los reyes de la joda, son tiempos de gestas. Vayan a votar. Y si logran conciliar el sueño tras el 4M, saquen champán, canten juntos Manolo Escobar y celebren.

J. G.

El neblí

El estudio meticuloso de los integrantes del mundo animal nunca ha sido «mi taza de té», que dicen los ingleses. Recuerdo tener un compañero en los pobres al que le encantaba observar todo tipo de bichejos, no sé con qué fin. A otros les gustaba analizar profundamente la clasificación de estos, además de sus características y comportamientos. Por mi parte, más allá de una simpatía militantemente disimulada hacia los canes (¡el mejor amigo del hombre!), no he invertido mi tiempo en tales quehaceres. Bastante complejo me resulta comprender al humano como para intentar indagar en los comportamientos animales (¡ay!). Sin embargo, la fauna de nuestro entorno puede hacernos comprender nuestra naturaleza humana misma. Incluso plantearnos ejemplos a seguir. Lo saben bien los poetas. Viene a colación una composición poética de Juan de Yepes, conocido en la religión como Juan de la Cruz (¡Doctor mysticus!). Los versos que en esta ocasión les acerco tratan de un ave, el neblí, muy estimada para la caza de cetrería. La primera estrofa dice así: «Tras de un amoroso lance, / y no de esperanza falto, / volé tan alto, tan alto, / que le di a la caza alcance». El neblí trata de ascender hasta lo más alto, con su música callada como pájaro solitario («estoy desvelado, gimiendo, como pájaro sin pareja en el tejado») y con la libertad que le caracteriza, vuela alto, sin ataduras, allí hasta donde encuentra consuelo: conformando todo un vuelo hacia Dios. San Josemaría tomará este ave como ejemplo en el que se junta la contemplación y la acción, la oración y el trabajo.

Andaba yo buscando sobre este particular ave cuando miré el reloj. Eran las primeras horas de la tarde. Los rayos del sol se hacían notar en el ayuntamiento y Carlos me esperaba en la plaza. Lo habitual es quedar directamente en la gran urbe, aunque en esta ocasión pusimos rumbo juntos a la ciudad partiendo desde la estación ferroviaria del pueblo -donde estuvo hace tiempo un hombre y una rosa-. Nos esperaba una aventura en la que íbamos a conocer a un referente. Algo que, verdaderamente, no se produce todos los días, como comprenderán. Llegando a Colón, allí donde todos los hijos del nacional-postureísmo se hacen una buena foto, enfilamos la calle Serrano. Si Jorge Juan huele a buena comida, Serrano huele a colonia cara. Se lo aseguro, dilectos lectores. Cosas de Madrid, ¡oh! Ascendiendo, llegamos a la Librería Neblí, donde el periodista y escritor Jorge Bustos atendía a lectores en aquello conocido como «firma de libros» (¡una firma!) de su nueva obra «Asombro y desencanto». Tras la cancelación en dos ocasiones de la madrileña Feria del Libro en el Buen Retiro, fue toda una experiencia volver a constatar la cercanía del escritor y el lector (¡ah!). Entrando en Neblí, la más emblemática librería de la cadena Troa, avanzamos por el largo pasillo hasta dar con una mesita donde el periodista estaba sentado. «Gorgue, sí», decía entre risas recordando, en conversación con unos lectores, cómo le llama Herrera. Tras unos minutos hablando con él, aproveché para pedirle consejo. «Toma consejo del hombre sabio y de buena conciencia; y apetece más ser enseñado de otro mejor que seguir tu parecer», escribe Tomás de Kempis. Así pues, preguntémosle, me dije, sobre lo que debe hacer un periodista o, como es nuestro caso, un estudiante de dicho oficio. No tardó en responder, como si la pregunta pronunciada se la hubiesen formulado con anterioridad, aunque no por ello nuestro Bustos dio repuesta con mal ánimo, sino todo lo contrario. He aquí el consejo: nos alentó a leer mucho. A leer mucho y bien. Nos indicó que, mientras numerosos aprendices del oficio se nutrían a base de series, nosotros debíamos reservar un espacio de nuestro tiempo para leer. Es en ese aspecto en donde partiría la diferencia.

Le comentaba hace poco a alguien la necesidad de silencio que tenemos en cada una de nuestras vidas -un tema que nunca cesaremos de tratar por aquí-. Los ruidos del mundo, explicitados en diferentes manifestaciones, impiden el cultivo del «propio jardín», necesario para el desarrollo de la persona. Llenamos nuestro tiempo de mil chorradas debido a que, a esta, nuestra generación, nos da mucha pereza descubrir que hay algo más allá, lo que normalmente se descubre mediante el silencio. Este silencio va íntimamente ligado a la lectura. No es una reflexión de un letraherido cualquiera sino una certeza. Nos cuesta disfrutar de la literatura debido a los numerosos estímulos que nos rodean, impidiendo -estos o nosotros- entregarnos de lleno a un libro. Nunca frenemos el deseo de ascender hasta lo más alto como el neblí, con las buenas palabras recogidas en los grandes libros. Las gestas de nuestras vidas se recogen en páginas. No las despreciemos. Ni las unas ni las otras.

J. G.

Esos desayunos

Anotaba Jaime Clemente en un artículo reciente, que nunca ha sabido dar contestación cuando le han preguntado a dónde le gustaría viajar. A pesar de ello, don Jaime se lanza a la piscina y ofrece unas opciones: Maldivas, Petra… emplazamientos alejados del frenesí de la ciudad. Por mi parte, creo que el destino no es tan importante siempre que el viaje esté supeditado a un condicionante esencial: que nuestro clan se encuentre alojado en un buen hotel. Pensarán que soy un sibarita epicúreo, aunque nada más lejos de la realidad. O al menos no como se lo imaginan. Servidor, que como peregrino sabe qué es dormir en el suelo con nada más entre el coxis y la tierra que una sudadera sudada a modo de almohadilla y un saco de dormir, no pide al alojamiento ninguna extravagancia, sólo un buen desayuno. La esencia de los hoteles, creánme, siempre ha residido en los desayunos. Cuando uno procede a la búsqueda hotelera, lo primero a lo que está obligado es a seleccionar que sólo aparezcan aquellos que ofrecen desayunos. Es ahí cuando sale un listado con cada hotel, los cuales, parecen gritar: «¡escógeme a mí!» -como pequeños mininos abandonados- con ofertas de «última hora» (¡adopta un hotel!). Cuando llega el momento de la selección, da igual el número de estrellas, da igual si tiene internet o no, da igual que tenga cucarachas en la ducha. Hemos de ir a lo importante: que el desayuno parezca variado, atractivo y suculento. Que incluya dulce y salado. Que no incluya las cucarachas.

Tras despertarse y asearse en una habitación que podrá resultar extraña -por lo hitchcockiana que la escena puede resultar-, el huésped vaga por los pasillos en busca del alimento matinal, como un fantasma buscando la luz. Una vez el alma hambrienta ha transitado todos los corredores habidos y por haber -en los pasillos de un hotel se esconden más historias de las que nos imaginamos-, llegamos, tras un cartel que lo anuncia, al salón de Desayunosgaudeamus!), que no es ni el comedor ni la simple cafetería del hotel, sino un espacio diferente. Algo diferenciador, superior tal vez. El huésped se enfrenta a la posibilidad de sufrir un síndrome de Stendhal por la belleza en forma de alimentos que un salón de desayunos puede albergar. Manjares más exquisitos que las delicias turcas de la Bruja Blanca de C. S. Lewis (¡gaudeamus!).

Por regla general, los buenos desayunos de hotel son los que acaban en el centro de salud o en el hospital. Podría recordar los desayunos ingleses, mas deseo recordar aquellos que viví en la capital portuguesa. Un dulce típico de Lisboa son los pasteles de Belém, pastelitos de hojaldre rellenos con crema. No son muy grandes por lo que cada día que estuve en Lisboa pude comer en los desayunos hoteleros dos o tres. Nunca antes los había probado y verdaderamente estaban deliciosos. Cuando llegó el último desayuno lisboeta, reparé en que probablemente no iba a probar de nuevo los pastelitos. Esto, unido al no saber a qué hora iba a comer uno («sí,sí, que me quedo sin comer») , pude ingerir cerca de doce pastelitos. Qué buenos estaban (¡gaudeamus!). Escribe Julio Camba que el hombre peca unas diez veces al día. Es así que, preferí pecar las diez veces en el desayuno del hotel, de gula. Comunismo o pastelitos de Belém.

Cuando salgan del hotel tras ese almuerzo matinal, dispuesto a sus quehaceres en el destino que han elegido, irán viendo aproximarse peligrosamente a Vicente del Bosque y a Carmen Machi. Casi persiguiéndoles para que se tomen el Danacol y el Activia. Háganles caso. Los desayunos hoteleros no se bajan con simple ejercicio. Y si en alguna ocasión, amigos lectores, oyen ecos de mi fallecimiento o leen mi esquela en el ABC, entérense si mi muerte fue debida a una sobredosis en el desayuno de un hotel. Si es así, avise a todos los que tenga alrededor, bendigan la mesa, cómanse un buen pastelito de Belém a modo de rogativa, y al unísono digan: «Murió feliz, ¡gaudeamus!».

J.G.

El intercambiador de David MacIan

La llegada de un email que no sea de tipo promocional siempre es un momento digno de celebrar (¡saquen las jarras de cerveza!). El imperio de la inmediatez y de la simpleza ha lapidado en cierto modo la comunicación entre iguales por esta vía (¡gran error!), todo ello dejando en manos de WhatsApp el envío de mensajes vía internet, con sus emoticonos y gifs, ajenos a cualquier aspiración literaria del envío. Esto se asimila, queridos lectores, a la comparación entre un campo de golf de gran extensión, con un minigolf. Es más cómodo y asequible el segundo, pero para los amantes del deporte es mejor el primero.

Cuando abrí el correo del blog, aquel que tengo enlazado como contacto en la página «sobre el autor», comprobé -repleto de júbilo- el haber recibido un mail. No es habitual, créanme, mis lectores. Era un tal David MacIan. Me atrajo su confianza y humildad. Pedía el favor de que, a falta de plataforma donde publicar su escrito, si lo podía alojar en mi bitácora -«con una introducción, si así lo desea»-. Me gustó. Así que dicho y hecho. Aunque, además de introducción, le calzo un broche. Espero que les guste, tanto o más que a un servidor. Con todos ustedes, David MacIan.

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Me pareció verla hace poco en un intercambiador madrileño. Habían transcurrido más de doce meses desde que nos vimos por última vez en ese evento lleno de gente con vestidos elegantes, mientras sonaba la ceremoniosa obra de Elgar, «Pompa y Circunstancia». Ella, aunque no fuese la protagonista de ese evento, estaba muy guapa. Vestía un traje precioso. Dicen que la belleza exterior es un fiel reflejo de la interior y, aunque la mayoría de las ocasiones pueda no ser así, en este caso coincidía. Nos habíamos conocido un par de meses atrás, alguna noche antes de la primera luna llena de primavera, entre gente amiga. España estaba de elecciones y Casado había sacado un remix orquestal del himno del PP, brindando a los ciudadanos la falsa esperanza de la vuelta del partido a sus raíces conservadoras; eso era lo que alteraba la sangre, no la primavera. Todo esto propició un caldo de cultivo bastante agradable para un intercambio personal de inquietudes que llevó a que el cabrón de Cupido lanzase sus flechas sobre ambos.

Después de aquella noche del evento no nos vimos más. Había intención, pero nunca nos atrevimos a dar continuidad. Conversaciones esporádicas en las que tratábamos de lo humano y lo divino. Nada más. El tiempo fue pasando y las ganas de un reencuentro se las fue llevando el curso de un río caudaloso llamado Tiempo, ángel a más de demonio.

Me pareció verla hace poco en un intercambiador madrileño. Habían transcurrido más de doce meses desde que nos vimos por última vez en ese evento lleno de gente con vestidos elegantes. Me pareció ella, aunque quién sabe. Me la quedé mirando y no pude llegar más que a conclusiones abstraídas a partir de la observación de aspectos superfluos que atendían al desconocimiento. Tal vez nos pudimos cruzar, como cantaba Modestia Aparte, en la hora punta en el metro. Como un vagón del suburbano, que viene y va, así fue ella para mí: algo pasajero. Lo que no iba a saber es que me acordaría de ese pequeño viaje hasta hoy; que la llevaría, como escribe el columnista, “colgando del corazón, como esas latas que se ponen en los tubos de escape de los coches de los recién casados y acaban dejando un muro en mitad de tu vida, separando lo que eres de lo que fuiste”. Aunque aquel verdadero muro llegaría meses después: “todo empezó en la montaña”. DAVID MACIAN

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Tras leerlo, respondí a este plumilla para comunicarle mi agradecimiento por la confianza que había depositado en mí -enviándome su escrito- y por su buen hacer al frente del teclado. Le pregunté con curiosidad por él, y me interesé en si sabía cómo había tratado el tiempo a aquella chica. ¿Cuántos años tenían ambos? ¿Qué estudiaba o en qué trabajaba? Fue imposible. Me llegó un correo de vuelta indicando que la dirección a la que intentaba enviar el mensaje no aceptaba correos -o algo así-. Apreciado David MacIan, no sé si estará leyendo esto, pero siga escribiendo. Y recuerde: lo escrito no sólo habla de nuestro pasado sino también de nuestro presente; recurra a ello cuando sea necesario y no olvide que la tinta plasmada con deseo solo es borrada con la voluntad.

J. G.

Amor matrimonial

El amor, si es bien dirigido (remitiéndonos a cómo lo describe el de Tarso), no deja de ser un cañonazo contra el mundo moderno. Entiendan el término «cañonazo» como su elevada intuición, dilectos lectores, les de a entender. El amor matrimonial, más concretamente, tampoco es cosa baladí, pues forma parte de algo nuevo que brota («¿no lo notáis?»), que sale de uno mismo y se une con el de enfrente, transformando un dos en uno (¡un equipo!) -o un tres en uno (Threegether!) dicho así, sin desviarnos un ápice de aquello que profesamos en esta humilde bitácora-. En definitiva, una unión que desafía a un mundo que no cree en ellos, un mundo que cree en un amor líquido donde la única entrega que existe es aquella que se da por debajo de la cintura. El amor matrimonial es una entrega caritativa que se muestra por medio de la reciprocidad, que no compatibilidad. GKC afirma no haber conocido matrimonio compatible alguno; felices, muchos. Esa felicidad, pues, se da porque es situado en el centro aquello que dijo un verdadero intelectual cristiano: «La vida humana no es un experimento, ni un contrato de arrendamiento, sino la entrega del uno al otro. Y la entrega de una persona a otra sólo puede ser acorde con la naturaleza humana si el amor es total, sin reservas». ¡Entrega! ¡Sin reservas!

Servidor tiene la buena costumbre de leer diariamente la edición completa de su periódico preferido. Aunque, como dijo otrora el clásico, «los periódicos son como los jóvenes de Madrid, no se diferencian sino en el nombre». Me enteré, con un buen cacao caliente entre las manos, de lo último de lo último. Bárcenas iba a soltar todo lo del PP dado que su mujer había acabado en la cárcel. La cosa es que los propios abogados populares le dijeron que si hablaba, su mujer iría a prisión. Como entró de todos modos, ahora don Luis ha de luchar por su mujer denunciando a Anticorrupción lo que sabe. No sé ustedes, pero casarse con uno que por amor reventaría un partido político, suena tan atractivo como oscuro. Este humilde juntaletras preferiría una Lois Lane, que podría denunciar al alcalde de la gran ciudad (¡cáspita, ya me olvidaba de mi alcaldesa!) desde la redacción del Daily Planet. Mas como dijo el matador, «hay gente pa’ tó».

Recordaba haber tenido días antes con un amigo muy querido, que de música sabe un rato, una conversación sobre una canción, una verdadera delicia para los oídos que en las últimas décadas ha formado parte del corpus musical de todo buen español. El tema es ese que canta José Manuel Soto -el gemelo de don José Pedro Manglano en el mundo de la canción-: «Por Ella». Me imagino a Luis Bárcenas cantando la canción ante el juez, con guitarra en mano -a lo Teodoro de la Garza-Egea pero sin escupir huesos de aceitunas, claro, que se note que somos de Chamberí y no de Murcia- y pensando en su mujer, como un buen trovador -o como su hijo en el último tema del nuevo disco- mientras que doña Rosalía Iglesias se encuentra en el torreón carcelario -Alcalá Meco- rezando el Ave María y demás oraciones que le enseñaron en el colegio de las hijas (¡la Montal!). Imagínense a Bárcenas rasgando la guitarra: «por ella mis desolaciones y mis alegrías». Olé, olé. ¡Qué cañí me sale, señoría!

La cuestion final sería si, con esa trovadoresca canción y, acercándonos ya a los hechos, con toda la denuncia a Anticorrupción, Bárcenas -y doña Rosalía- estarían reflejando un verdadero amor matrimonial. Mi cometido no es adentrarme en el adorable, divertido y cochambroso terreno de la prensa rosa, ni en las apocalípticas -con razón- páginas de política y tribunales. La actuación de Bárcenas podría atender a varios factores como el de una venganza encubierta («¡a un pecado sin vergüenza, un castigo sin venganza!», que escribe Lope) o una afrenta para salvaguardar su honor. Me entrego a pensar, por el contrario, que de verdad puede existir un rescoldo de amor aunque me pregunto si este lleva todas las letras del término. Una de las razones la apuntaba ayer Lorena G. Maldonado en El Español: la lealtad. Lealtad a pesar de las sinvergonzonerías que les unen. Lo dicen los votos: «Y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad». Con los años, la vida te presenta diferentes caminos para amar a una persona, aunque este amor se encuentre acompañado de un error sumo. Puede ser esta una forma de demostrar que a los 64 años uno puede seguir cogiendo un Alsa por amor, aunque en vez de ser a Astorga sea a Alcalá Meco.

J.G.

Simulacros

Si 2020 sirvió de inspiración para escritores y humildes juntaletras por los motivos que ya todos conocemos, el 2021 no está dejando del todo atrás al anterior. Dice mi hermana -con otras palabras- que son buenos tiempos para la insurrección interior de la inspiración de los jóvenes plumillas (¡ay!), pues la realidad, como dice el vulgo, supera a la ficción. Tras el segundo terremoto de Granada, cierto hidalgo relataba en unos informativos radiofónicos cómo vivieron los seismos. El resultado: todos a la calle. Una pena, querido lector, no poder gritar al terremoto «¡Un desalojo, otra okupación!» como habrían hecho ciertos partidos o decir «¡terremota fascista!» como habría dicho -sin perder del todo las formas- la alcaldesa de mi pueblo, expresión crecida de enojo con perspectiva de género incluida.

Ver a los granadinos en la calle, con el frío invernal, despertó en mí cierta pena que se vio acrecentada por momentos al saberme metido en la cama con el gorrito de dormir y, lapicero en mano, con dos buenos libros sobre la colcha. Aunque esa sensación se vio finalmente tornada en un agradecimiento (¡Deo gratias!) por todo lo que uno inmerecidamente disfruta. Aun así, pude comprobar a través de la red del pajarito la picaresca española que nunca defrauda y la jovialidad de algunos granadinos en la calle.

Me vinieron a la mente ciertos episodios repetidos a lo largo de mi infancia y adolescencia. Uno, que es ducho en recordar experiencias que posteriormente son convertidas en chascarrillos, empieza a reírse solo en la noche, por mucho que estén los convivientes durmiendo. Cuando cursaba tercero de primaria, en el colegio de los pobres de mi pueblo, tuvieron a bien iniciar la tradición de los simulacros de incendios con tal de que, si llegase la emergencia, no nos pillara desprevenidos a la hora de evacuar el colegio, edificio de casi 300 años.

Empezaba a sonar la alarma con aquel ruido ensordecedor y todos los compañeros empezábamos a vociferar entre alegres -por la interrupción de la clase- y preocupados -por si la cosa iba en serio-. «¡Decidles a mis padres que los quiero!» soltaba uno. La cara del profesor de turno se cambiaba, expresando un inefable poema -elegía, más bien-. Salíamos en fila por la puerta encontrándonos con las otras chiquicientas clases del curso con sus chiquicientos compañeros, encomendándonos todos a la Inmaculada y a San Faustino Míguez (¡el Fausti!) para que la cosa no se fuera de madre. Marchábamos todos, guiados por el profesor, al patio, donde teníamos asignado un lugar al que acudir en caso de incendio. Todo el proceso era cuanto menos divertido, pues, en cualquier momento, un profesor nos podía decir que el incendio estaba -supuestamente, claro- en cocinas, y teníamos que atravesar el colegio para salir por otra puerta -háganse a la idea que, inicialmente, mi colegio ocupaba casi más espacio que el territorio de mi pueblo-. Cada simulacro convalidaba al cuerpo estudiantil la peregrinación jacobea. Una odisea digna de una buena narración de Manolo Lama.

Lo más divertido llegó en primero de bachillerato que, como granadinos, tuvimos que salir a la calle lateral de mi colegio, pues era la puerta de emergencias que nos correspondía. Los compatriotas viandantes nos miraban extrañados, observando con desconfianza el edificio de los pobres, como si fuera a salir algo extraño. La calle, al ser mediodía, olía a comida, proviniente de la casa de Doña Croqueta -la anciana que colgaba sus bragas en el balcón a la vista de todo el pasmado alumnado-.

Entre risas, apagué la luz de mi mesilla, acordándome de estas y otras historietas colegiales que uno vivió en sus años de más pura juventud, tarareando aquella canción nostálgica: «La vida se hace siempre de momentos, de cosas que no sueles valorar, y luego cuando pierdes, cuando al fin te has dado cuenta, el tiempo no te deja regresar». Estos recuerdos vitales, que tratan de alterar el normal funcionamiento de mi indómita mente creadora y reflectora del abismal mundo interior que desposeo, me ha impedido ofrecer hoy a mis estimados lectores otros artículos más pensados, reflexionados y «contemplativos» que, como diría Larra, «para mejor ocasión les tengo reservados».

J.G.

El hombre y la rosa

La entrevista como medio para descubrir a otra persona puede ser uno de los espacios periodísticos que más me atraiga. Descubrir en el otro el conocimiento o la sabiduría y, en uno mismo, la sana curiosidad, la necesidad del saber. Caminar senderos de forma conjunta, llegar a ideas comunes -sin tendipuentismos innecesarios, gracias-. Esa es la clave. Es por ello por lo que frecuento la escucha y la lectura de entrevistas, me gustan. Si en ellas se conversa con personas que conozco poco, mejor. Cervantes apunta a través del can Berganza en aquel Coloquio que «la ociosidad es raíz y madre de todos los vicios», así que consideraré esta afición mía como algo esencial en mi formación periodístico-humanística (¡ay!). Escuchaba hace bien poco una entrevista a Pablo d´Ors en la que brindó a la audiencia una reflexión más que interesante. Tras escuchar el escritor una coplilla de San Juan de la Cruz («Como no hay deseos en la casa de la nada, nunca el alma está penada»), señalaba d´Ors “el nieto” que la literatura, el arte, «tiene que reflejar no sólo los instintos y los deseos humanos sino también la parte espiritual, el anhelo de plenitud que tenemos todos», aquel que los cristianos encontramos en Dios, y los no creyentes llamarán con otros nombres. Si Donoso decía que en toda gran cuestión política va envuelta siempre una cuestión teológica -permítanme esta relación-, cuánto no debe tener la literatura de reflejo divino, por ser creación del creado. Es por ello que, siguiendo el razonamiento de Pablo d´Ors, la belleza («La belleza salvará el mundo», Dostoyevski) debe ser reflejada en toda obra literaria o artística. Esa belleza que nos conduce a una verdad superior a nosotros (¡pongan esa verdad con mayúsculas!).

Andaba yo en estas y otras reflexiones mientras me arreglaba para salir a la calle y ver algún charrán, aunque fuera de noche. Mientras llegaba a la estación, uno, que va sin música, divagaba acerca de esto y de lo otro. Me sorprendí al pasar por los pobres: habían asfaltado la calzada. «¡Pero si queda mucho para elecciones, alcaldesa!», pensé irónicamente para mis adentros, con un leve suspiro que empañó mis gafas debido a la dichosa mascarilla. Aunque, eso sí, con una actitud de agradecimiento a la regidora y al Altísimo ya que, al fin y al cabo, me encontraba por una zona libre de adoquines levantados. Llegando a la estación del pueblo, me percaté de la existencia, entre el tránsito de los allí presentes, de una persona inmóvil. Algo casi contracultural en una estación, como comprenderán. Era un hombre de edad avanzada. El poco pelo que le quedaba quería imitar con su color a la nieve, dejando patente cuántos inviernos había vivido. Se encontraba casi escondido, tras un cartel publicitario, de estos que dicen lo que tienes o no que comprar o pensar -lo cual en el mundo moderno viene a ser casi lo mismo-.

El hombre no era alto, tampoco un hobbit. Perteneciente a la media, y esas cosas que decimos los españoles para no sentirnos únicos -aunque luego aspiremos a serlo-. Sus manos se encontraban echadas atrás, como un parbulito visitando la mesa de la seño. Esas manos sostenían algo, tratando de esconderlo. No era aquello ni más ni menos que una rosa. Sí, una rosa. Envuelta en un plástico de esos que suelen tener en las floristerías. El hombre no se separaba de la rosa aunque su mirada indicaba que se iba a desprender de ella instantes después. Su mirada, como digo, guardaba cierta emoción, alegría y una dósis de nerviosismo. O al menos, eso interpreté yo. Su posición observadora, dirigida a las escaleras de la estación y a las vías, me hicieron pensar que esperaba a alguien. Esa rosa debía tener en quien descansar mientras era observada como un recuerdo o una ilusión. Traté de imaginarme quién recibiría aquella rosa… ¿Una joven dama? ¿su mujer, tal vez? ¿su mejor amiga? No lo sé. Cogí el tren anterior al habitual y no pude comprobar el desenlace de la historia, disculpen ustedes. Ni verificar el derroche del lucerío nacional de Almeida me hizo olvidar al hombre y la rosa.

La rosa, queridos lectores -tres o cuatro, por eso queridos-, iba a ser entregada. No sabemos si la persona a la que iba dirigida sería la más indicada o la situación la más adecuada. Pero en sus pétalos iban dibujados sentimientos de entrega. Una entrega que, virtuosa ella, iría acompañada de cariño, gestos, palabras; destinada, en definitiva, a la unión más sincera. Una unión que irradiaría belleza la cual, bien enfocada, sin lugar a duda, salvaría el mundo. Un plan sencillo y a la vez superior, como escuchar una entrevista o regalar una rosa.

J.G.