Virgen de la Terraza

Me atrevo a afirmar que las terrazas de los pisos están infravaloradas. Entiéndanme. Estéticamente, si pertenecen a aquellas viviendas construidas en los años ochenta, no hacen un favor a nadie. Es cierto. Pero fijándonos en el fin último de estas, las terrazas son, como indican muchos de los que tienen este privilegiado espacio en su piso, un vergel donde poder oxigenarse en medio de la urbe. Al balcón o terraza casera se le pueden dar muchos usos.

Me viene a la memoria aquella señora de mi pueblo. Su terraza, según nos contaba, había sufrido un proceso de transformación: ahora era un huerto. Pero un huerto especial, no se crean, un huerto natural. Lo mejor de todo era el secreto de la naturalidad del huerto. La enjundia del asunto residía en que las hortalizas eran abonadas con estiercol autofabricado. Uf, uf. Cuando mi pueblo era todo campo, la gente no hacía esas cosas. Recuerdos escatológicos aparte, la terraza es como una tarjeta de visita. Al igual que el estado de la biblioteca de uno da cuenta de su capacidad organizativa, como indica el hombre del sillón, la terraza invita a reflexionar sobre cómo se presenta la familia ante el mundo. No es moco de pavo, créanme.

Hace unas semanas, una tarde cualquiera, me encontraba estudiando en mi cuarto. Escuché un bullicio en la calle, sonidos que se intercalaban con unos golpes de martillo. Mi incapacidad para concertrarme con semejante ruido hizo que surgiera el visillero que hay en mí y que me asomara de refilón por mi balcón (¡que no me vean, que no me vean!). Me percaté de que la terraza de los vecinos de enfrente estaba muy concurrida (¡el aforo!) con personas que parecían estar colgando algo de la pared. Esperé a que la situación se despejase para intentar averiguar qué era lo recién inaugurado. Cuando llegó el momento, vi algo, como un cuadro, pero no pude divisarlo bien, por lo que me hice con unos prismáticos para poder contemplar correctamente lo que ahí había sido colgado.

-¿No eres un poco cotilla?- me preguntaron los prismáticos, provocando que saltara del susto.

-Mi objetivo no es otro -les dije- que averiguar el secreto que se esconde en esa terraza. Y a callar, que vosotros no deberíais hablar.

Una vez enfocado el objeto colgado, identifiqué lo que era. El enigma terracero estaba resuelto (¡ah!). Los vecinos de enfrente habían decidido colgar una cerámica en la que se representa una advocación mariana, una preciosa representación de la Virgen (¡Madre mía!). A partir de ahora mi calle tendrá el privilegio -musité- de tener una imagen de la Madre de Dios: la Virgen de la Terraza, Nuestra Señora del Balcón.

Presenciar expresiones como esta en donde se junta lo público y lo íntimo, es una bocanada de aire fresco ante el vertiginoso suceder de manifestaciones y declaraciones pasajeras que caracterizan al mundo -pos-moderno que indica a traves de sus tentáculos sistémicos lo que debemos pensar o hacer. Carlos Marín-Blázquez afirma en «Contramundo» que «la tradición se preserva en una caligrafía de gestos». Las nuevas formas de resistencia ante las tropelías del mundo moderno son expresiones sencillas, casi irreconocibles, pero que invitan a la esperanza. Pequeñas acciones que van a contracorriente de lo que a uno el mundo le invita. Para ello se necesitan valientes, que en la hora oscura sepan plantar cara, de forma sencilla, como Franz Jägerstätter, haciendo frente a lo que sabemos que no es correcto; además de transmitir el tesoro encontrado, el regalo vivido. Ya lo cantan los madrileños Club del río: «porque esta es la verdad / mantener la llama en la oscuridad». Sólo hay que ser conscientes de lo que está sucediendo en nuestra sociedad. Y actuar en consecuencia de tal forma que podamos refugiarnos en nuestros pequeños quehaceres diarios, sabiendo que el trabajo está bien hecho; contando, además, con luces de referencia, aunque eso, dilectos lectores, ya formará parte de otro artículo.

P.D.: Cuando regresé al interior de mi habitación, mi mirada se cruzó con un libro. Me lo había leído en diciembre, y tenía el valor que tiene un testimonio. Dos testimonios, mejor dicho. A juzgar con la portada, cualquiera lo relacionaría con un best-seller adolescente (o sea, un libro sistémico, de pensamiento progre) pero no era así. Me fijé en él, como si quisiera decirme algo. Recordé que en la penúltima página del libro, uno de esos autores mencionaba a un compositor. Fue en ese momento cuando recordé una de las canciones que había escrito el joven compositor citado. Algo se apropió de mí, de tal forma que fui corriendo a por la guitarra. Una vez desenfundada, me desabroché los dos primeros botones de la camisa y comencé a tocar los primeros acordes de la canción recordada. Mis dedos se iban deslizando, el ritmo iba subiendo y de mi boca salía una canción: «Que no me canse nunca de mirarte / Y repetir con humilde devoción / Te quiero con locura, preciosa Madre /Tú, el mejor regalo de mi Dios».

J. G.

4M: una vuelta al cole

Comparto con el abuelo de García-Máiquez, recordado en un reciente artículo, la rutina de la siesta, algo sacro. O al menos una costumbre digna de conservar. Creánme, caros lectores. Si piensan que estoy haciendo apología de la pereza, están muy equivocados. La siesta es un aprovechamiento placentero del tiempo con el ánimo de restaurar nuestro vigor humano. En mi caso, no dura más de quince minutos. Pero oigan -o lean-, tampoco piensen que me voy a la cama. Tras repasar la Tercera del día o lo de Ruiz-Quintano, caigo rendido en el sofá, hasta que una puerta, abriéndose o cerrándose, me despierte.

Cuando me avivo tras la duermevela, me levanto preocupado. A ver si, en esta España nuestra, ha dimitido alguien. Pero no, rara vez me llevo tales alegrías. Y cuando me las llevo, momentos después anuncian que se presentan a unas elecciones. O al revés. El caso, que me distraigo. Hace unos días, tras gozar de estos quince minutos, madre dijo que me había llegado una carta. Me sobresalté. Intenté pensar quién podría haberme escrito. Recordé que el banco ya no envía nada porque ya no dan nada. Ni unas sartenes, ni un disco de Melendi. Ni un mísero interés en forma de unos centimillos (ni un par de peniques, «son para la comida de las palomas»). Corrí a la cocina a ver quién me escribía. Por el camino, todos los antepasados encerrados en los retratos de la casa me miraban sorprendidos, como asustados. «¡Qué culpa tengo yo de pasmarme si me llega una carta, queridos ancestros!» -les dije- «son otros tiempos». Ay. Una vez me hallé en la cocina, abrí el sobre con la misma emoción y devoción que un americano abre una carta, creyendo haber entrado en la universidad de sus sueños, no sin antes observar las características de la correspondencia. Visualicé un sobrecito blanco, pequeño, «tan blando por fuera, que se diría todo de algodón». Era la invitación a una fiesta.

Una fiesta… já. Aunque algunos lo llaman así. Fiesta de la democracia. El escudo de la Nación y unas letras azules indicaban la procedencia de la misiva: «Oficina del censo electoral». A pesar de mis frecuentes despistes, recordé que vivía en la Comunidad de Madrid y que tenía la edad suficiente como para ejercer libremente mi derecho al voto -muchas veces se me olvida lo esencial-, por lo que interpreté rapidamente la intención de la carta. Me anunciaba dónde iba a votar. Lo habitual siempre había sido votar en el ayuntamiento. Cuando uno vive en el centro («centrado, muy moderado») de un pueblo («más que centro, epicentro»), es lo que toca. Aunque me sorprendí. La mesa que habitualmente nos toca al clan de los Gregorio no iba a estar situada en el ayuntamiento. ¡Iba a estar en los Pobres! Una vuelta al cole en toda regla.

No me declaro entusiasta del actual sistema de las autonomías. Para empezar, porque no cumplen con la tradición política española. Además, no reconozco ninguna patria en ese territorio definido como Comunidad de Madrid. Patrias dos, la chica y la grande. Y una tercera, la mayor, la celestial. Allá donde hay que aspirar a llegar. Aquello del Ubi panis ibi patria es el Mr. Wonderfull de la tragedia de Marco Pacuvio, hagan caso. Aun así, no es bueno que nos desentendamos de estas próximas elecciones por todo lo que está en juego. Lo que está sobre la mesa no es un conjunto de asuntos menores. La continuación de una correcta gestión de la pandemia, la permanencia de unos tipos impositivos bajos en estos tiempos de zozobra económica y la batalla de -algunas- ideas frente a una izquierda cainita, son la baza con la que cuenta el equipo Ayuso; todo ello con un VOX 2.0 que suma la cercanía con los trabajadores y la clases populares -comprobándose en el éxito que han tenido en precampaña-, la batalla en pro de la seguridad de los barrios, cuestión que no se atreven a tocar otros partidos -ni el fresero Edmundo Bal (¿quién es ese?)- y la defensa de unos valores conservadores.

Dicen algunos entendidos que estas elecciones pueden ser un primer boceto de las próximas generales. Los madrileños hemos tenido la suerte (¿?) de tener en nuestra mano una oportunidad para el cambio de la política nacional. Aun así, déjense, por favor, de eslóganes vacuos. «Comunismo o libertad», gritan algunos. No estamos en los ochenta, estimados boomers, millenials y zoomers. Y -entrando al juego- si eligen libertad, sean coscientes de que hay una libertad mayor. No todo es lo material. Veritas liberabit vos.

Depositaré mi voto en donde tantas historias han transcurrido, encontrándome con el estudiante que fui. Cuando marchamos de algún sitio querido, siempre queda algo nuestro allí, una esencia que no se puede recuperar. Esto seguramente pensaré cuando haya votado y no en quién va a ganar. Una vez salga de los Pobres y comience el escrutinio, ojalá que las campanas repiquen vibrantes por el levantamiento del pueblo madrileño a favor de la libertad, como presenció esa fachada en 1808. Aunque sea solo para que, al día siguiente, de una forma placentera, sabedores del marco de libertad económica y política en el que se va a mover nuestra región los próximos años, podamos estirar la pata (¡oh!) para poder dormir una buena siesta (¡ah!), logrando conciliar el sueño sin algún político que yo me sé dentro de la Real Casa de Correos (¡uy!). Madrileños, como cantan los reyes de la joda, son tiempos de gestas. Vayan a votar. Y si logran conciliar el sueño tras el 4M, saquen champán, canten juntos Manolo Escobar y celebren.

J. G.

El neblí

El estudio meticuloso de los integrantes del mundo animal nunca ha sido «mi taza de té», que dicen los ingleses. Recuerdo tener un compañero en los pobres al que le encantaba observar todo tipo de bichejos, no sé con qué fin. A otros les gustaba analizar profundamente la clasificación de estos, además de sus características y comportamientos. Por mi parte, más allá de una simpatía militantemente disimulada hacia los canes (¡el mejor amigo del hombre!), no he invertido mi tiempo en tales quehaceres. Bastante complejo me resulta comprender al humano como para intentar indagar en los comportamientos animales (¡ay!). Sin embargo, la fauna de nuestro entorno puede hacernos comprender nuestra naturaleza humana misma. Incluso plantearnos ejemplos a seguir. Lo saben bien los poetas. Viene a colación una composición poética de Juan de Yepes, conocido en la religión como Juan de la Cruz (¡Doctor mysticus!). Los versos que en esta ocasión les acerco tratan de un ave, el neblí, muy estimada para la caza de cetrería. La primera estrofa dice así: «Tras de un amoroso lance, / y no de esperanza falto, / volé tan alto, tan alto, / que le di a la caza alcance». El neblí trata de ascender hasta lo más alto, con su música callada como pájaro solitario («estoy desvelado, gimiendo, como pájaro sin pareja en el tejado») y con la libertad que le caracteriza, vuela alto, sin ataduras, allí hasta donde encuentra consuelo: conformando todo un vuelo hacia Dios. San Josemaría tomará este ave como ejemplo en el que se junta la contemplación y la acción, la oración y el trabajo.

Andaba yo buscando sobre este particular ave cuando miré el reloj. Eran las primeras horas de la tarde. Los rayos del sol se hacían notar en el ayuntamiento y Carlos me esperaba en la plaza. Lo habitual es quedar directamente en la gran urbe, aunque en esta ocasión pusimos rumbo juntos a la ciudad partiendo desde la estación ferroviaria del pueblo -donde estuvo hace tiempo un hombre y una rosa-. Nos esperaba una aventura en la que íbamos a conocer a un referente. Algo que, verdaderamente, no se produce todos los días, como comprenderán. Llegando a Colón, allí donde todos los hijos del nacional-postureísmo se hacen una buena foto, enfilamos la calle Serrano. Si Jorge Juan huele a buena comida, Serrano huele a colonia cara. Se lo aseguro, dilectos lectores. Cosas de Madrid, ¡oh! Ascendiendo, llegamos a la Librería Neblí, donde el periodista y escritor Jorge Bustos atendía a lectores en aquello conocido como «firma de libros» (¡una firma!) de su nueva obra «Asombro y desencanto». Tras la cancelación en dos ocasiones de la madrileña Feria del Libro en el Buen Retiro, fue toda una experiencia volver a constatar la cercanía del escritor y el lector (¡ah!). Entrando en Neblí, la más emblemática librería de la cadena Troa, avanzamos por el largo pasillo hasta dar con una mesita donde el periodista estaba sentado. «Gorgue, sí», decía entre risas recordando, en conversación con unos lectores, cómo le llama Herrera. Tras unos minutos hablando con él, aproveché para pedirle consejo. «Toma consejo del hombre sabio y de buena conciencia; y apetece más ser enseñado de otro mejor que seguir tu parecer», escribe Tomás de Kempis. Así pues, preguntémosle, me dije, sobre lo que debe hacer un periodista o, como es nuestro caso, un estudiante de dicho oficio. No tardó en responder, como si la pregunta pronunciada se la hubiesen formulado con anterioridad, aunque no por ello nuestro Bustos dio repuesta con mal ánimo, sino todo lo contrario. He aquí el consejo: nos alentó a leer mucho. A leer mucho y bien. Nos indicó que, mientras numerosos aprendices del oficio se nutrían a base de series, nosotros debíamos reservar un espacio de nuestro tiempo para leer. Es en ese aspecto en donde partiría la diferencia.

Le comentaba hace poco a alguien la necesidad de silencio que tenemos en cada una de nuestras vidas -un tema que nunca cesaremos de tratar por aquí-. Los ruidos del mundo, explicitados en diferentes manifestaciones, impiden el cultivo del «propio jardín», necesario para el desarrollo de la persona. Llenamos nuestro tiempo de mil chorradas debido a que, a esta, nuestra generación, nos da mucha pereza descubrir que hay algo más allá, lo que normalmente se descubre mediante el silencio. Este silencio va íntimamente ligado a la lectura. No es una reflexión de un letraherido cualquiera sino una certeza. Nos cuesta disfrutar de la literatura debido a los numerosos estímulos que nos rodean, impidiendo -estos o nosotros- entregarnos de lleno a un libro. Nunca frenemos el deseo de ascender hasta lo más alto como el neblí, con las buenas palabras recogidas en los grandes libros. Las gestas de nuestras vidas se recogen en páginas. No las despreciemos. Ni las unas ni las otras.

J. G.

Esos desayunos

Anotaba Jaime Clemente en un artículo reciente, que nunca ha sabido dar contestación cuando le han preguntado a dónde le gustaría viajar. A pesar de ello, don Jaime se lanza a la piscina y ofrece unas opciones: Maldivas, Petra… emplazamientos alejados del frenesí de la ciudad. Por mi parte, creo que el destino no es tan importante siempre que el viaje esté supeditado a un condicionante esencial: que nuestro clan se encuentre alojado en un buen hotel. Pensarán que soy un sibarita epicúreo, aunque nada más lejos de la realidad. O al menos no como se lo imaginan. Servidor, que como peregrino sabe qué es dormir en el suelo con nada más entre el coxis y la tierra que una sudadera sudada a modo de almohadilla y un saco de dormir, no pide al alojamiento ninguna extravagancia, sólo un buen desayuno. La esencia de los hoteles, creánme, siempre ha residido en los desayunos. Cuando uno procede a la búsqueda hotelera, lo primero a lo que está obligado es a seleccionar que sólo aparezcan aquellos que ofrecen desayunos. Es ahí cuando sale un listado con cada hotel, los cuales, parecen gritar: «¡escógeme a mí!» -como pequeños mininos abandonados- con ofertas de «última hora» (¡adopta un hotel!). Cuando llega el momento de la selección, da igual el número de estrellas, da igual si tiene internet o no, da igual que tenga cucarachas en la ducha. Hemos de ir a lo importante: que el desayuno parezca variado, atractivo y suculento. Que incluya dulce y salado. Que no incluya las cucarachas.

Tras despertarse y asearse en una habitación que podrá resultar extraña -por lo hitchcockiana que la escena puede resultar-, el huésped vaga por los pasillos en busca del alimento matinal, como un fantasma buscando la luz. Una vez el alma hambrienta ha transitado todos los corredores habidos y por haber -en los pasillos de un hotel se esconden más historias de las que nos imaginamos-, llegamos, tras un cartel que lo anuncia, al salón de Desayunosgaudeamus!), que no es ni el comedor ni la simple cafetería del hotel, sino un espacio diferente. Algo diferenciador, superior tal vez. El huésped se enfrenta a la posibilidad de sufrir un síndrome de Stendhal por la belleza en forma de alimentos que un salón de desayunos puede albergar. Manjares más exquisitos que las delicias turcas de la Bruja Blanca de C. S. Lewis (¡gaudeamus!).

Por regla general, los buenos desayunos de hotel son los que acaban en el centro de salud o en el hospital. Podría recordar los desayunos ingleses, mas deseo recordar aquellos que viví en la capital portuguesa. Un dulce típico de Lisboa son los pasteles de Belém, pastelitos de hojaldre rellenos con crema. No son muy grandes por lo que cada día que estuve en Lisboa pude comer en los desayunos hoteleros dos o tres. Nunca antes los había probado y verdaderamente estaban deliciosos. Cuando llegó el último desayuno lisboeta, reparé en que probablemente no iba a probar de nuevo los pastelitos. Esto, unido al no saber a qué hora iba a comer uno («sí,sí, que me quedo sin comer») , pude ingerir cerca de doce pastelitos. Qué buenos estaban (¡gaudeamus!). Escribe Julio Camba que el hombre peca unas diez veces al día. Es así que, preferí pecar las diez veces en el desayuno del hotel, de gula. Comunismo o pastelitos de Belém.

Cuando salgan del hotel tras ese almuerzo matinal, dispuesto a sus quehaceres en el destino que han elegido, irán viendo aproximarse peligrosamente a Vicente del Bosque y a Carmen Machi. Casi persiguiéndoles para que se tomen el Danacol y el Activia. Háganles caso. Los desayunos hoteleros no se bajan con simple ejercicio. Y si en alguna ocasión, amigos lectores, oyen ecos de mi fallecimiento o leen mi esquela en el ABC, entérense si mi muerte fue debida a una sobredosis en el desayuno de un hotel. Si es así, avise a todos los que tenga alrededor, bendigan la mesa, cómanse un buen pastelito de Belém a modo de rogativa, y al unísono digan: «Murió feliz, ¡gaudeamus!».

J.G.

El intercambiador de David MacIan

La llegada de un email que no sea de tipo promocional siempre es un momento digno de celebrar (¡saquen las jarras de cerveza!). El imperio de la inmediatez y de la simpleza ha lapidado en cierto modo la comunicación entre iguales por esta vía (¡gran error!), todo ello dejando en manos de WhatsApp el envío de mensajes vía internet, con sus emoticonos y gifs, ajenos a cualquier aspiración literaria del envío. Esto se asimila, queridos lectores, a la comparación entre un campo de golf de gran extensión, con un minigolf. Es más cómodo y asequible el segundo, pero para los amantes del deporte es mejor el primero.

Cuando abrí el correo del blog, aquel que tengo enlazado como contacto en la página «sobre el autor», comprobé -repleto de júbilo- el haber recibido un mail. No es habitual, créanme, mis lectores. Era un tal David MacIan. Me atrajo su confianza y humildad. Pedía el favor de que, a falta de plataforma donde publicar su escrito, si lo podía alojar en mi bitácora -«con una introducción, si así lo desea»-. Me gustó. Así que dicho y hecho. Aunque, además de introducción, le calzo un broche. Espero que les guste, tanto o más que a un servidor. Con todos ustedes, David MacIan.

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Me pareció verla hace poco en un intercambiador madrileño. Habían transcurrido más de doce meses desde que nos vimos por última vez en ese evento lleno de gente con vestidos elegantes, mientras sonaba la ceremoniosa obra de Elgar, «Pompa y Circunstancia». Ella, aunque no fuese la protagonista de ese evento, estaba muy guapa. Vestía un traje precioso. Dicen que la belleza exterior es un fiel reflejo de la interior y, aunque la mayoría de las ocasiones pueda no ser así, en este caso coincidía. Nos habíamos conocido un par de meses atrás, alguna noche antes de la primera luna llena de primavera, entre gente amiga. España estaba de elecciones y Casado había sacado un remix orquestal del himno del PP, brindando a los ciudadanos la falsa esperanza de la vuelta del partido a sus raíces conservadoras; eso era lo que alteraba la sangre, no la primavera. Todo esto propició un caldo de cultivo bastante agradable para un intercambio personal de inquietudes que llevó a que el cabrón de Cupido lanzase sus flechas sobre ambos.

Después de aquella noche del evento no nos vimos más. Había intención, pero nunca nos atrevimos a dar continuidad. Conversaciones esporádicas en las que tratábamos de lo humano y lo divino. Nada más. El tiempo fue pasando y las ganas de un reencuentro se las fue llevando el curso de un río caudaloso llamado Tiempo, ángel a más de demonio.

Me pareció verla hace poco en un intercambiador madrileño. Habían transcurrido más de doce meses desde que nos vimos por última vez en ese evento lleno de gente con vestidos elegantes. Me pareció ella, aunque quién sabe. Me la quedé mirando y no pude llegar más que a conclusiones abstraídas a partir de la observación de aspectos superfluos que atendían al desconocimiento. Tal vez nos pudimos cruzar, como cantaba Modestia Aparte, en la hora punta en el metro. Como un vagón del suburbano, que viene y va, así fue ella para mí: algo pasajero. Lo que no iba a saber es que me acordaría de ese pequeño viaje hasta hoy; que la llevaría, como escribe el columnista, “colgando del corazón, como esas latas que se ponen en los tubos de escape de los coches de los recién casados y acaban dejando un muro en mitad de tu vida, separando lo que eres de lo que fuiste”. Aunque aquel verdadero muro llegaría meses después: “todo empezó en la montaña”. DAVID MACIAN

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Tras leerlo, respondí a este plumilla para comunicarle mi agradecimiento por la confianza que había depositado en mí -enviándome su escrito- y por su buen hacer al frente del teclado. Le pregunté con curiosidad por él, y me interesé en si sabía cómo había tratado el tiempo a aquella chica. ¿Cuántos años tenían ambos? ¿Qué estudiaba o en qué trabajaba? Fue imposible. Me llegó un correo de vuelta indicando que la dirección a la que intentaba enviar el mensaje no aceptaba correos -o algo así-. Apreciado David MacIan, no sé si estará leyendo esto, pero siga escribiendo. Y recuerde: lo escrito no sólo habla de nuestro pasado sino también de nuestro presente; recurra a ello cuando sea necesario y no olvide que la tinta plasmada con deseo solo es borrada con la voluntad.

J. G.

Amor matrimonial

El amor, si es bien dirigido (remitiéndonos a cómo lo describe el de Tarso), no deja de ser un cañonazo contra el mundo moderno. Entiendan el término «cañonazo» como su elevada intuición, dilectos lectores, les de a entender. El amor matrimonial, más concretamente, tampoco es cosa baladí, pues forma parte de algo nuevo que brota («¿no lo notáis?»), que sale de uno mismo y se une con el de enfrente, transformando un dos en uno (¡un equipo!) -o un tres en uno (Threegether!) dicho así, sin desviarnos un ápice de aquello que profesamos en esta humilde bitácora-. En definitiva, una unión que desafía a un mundo que no cree en ellos, un mundo que cree en un amor líquido donde la única entrega que existe es aquella que se da por debajo de la cintura. El amor matrimonial es una entrega caritativa que se muestra por medio de la reciprocidad, que no compatibilidad. GKC afirma no haber conocido matrimonio compatible alguno; felices, muchos. Esa felicidad, pues, se da porque es situado en el centro aquello que dijo un verdadero intelectual cristiano: «La vida humana no es un experimento, ni un contrato de arrendamiento, sino la entrega del uno al otro. Y la entrega de una persona a otra sólo puede ser acorde con la naturaleza humana si el amor es total, sin reservas». ¡Entrega! ¡Sin reservas!

Servidor tiene la buena costumbre de leer diariamente la edición completa de su periódico preferido. Aunque, como dijo otrora el clásico, «los periódicos son como los jóvenes de Madrid, no se diferencian sino en el nombre». Me enteré, con un buen cacao caliente entre las manos, de lo último de lo último. Bárcenas iba a soltar todo lo del PP dado que su mujer había acabado en la cárcel. La cosa es que los propios abogados populares le dijeron que si hablaba, su mujer iría a prisión. Como entró de todos modos, ahora don Luis ha de luchar por su mujer denunciando a Anticorrupción lo que sabe. No sé ustedes, pero casarse con uno que por amor reventaría un partido político, suena tan atractivo como oscuro. Este humilde juntaletras preferiría una Lois Lane, que podría denunciar al alcalde de la gran ciudad (¡cáspita, ya me olvidaba de mi alcaldesa!) desde la redacción del Daily Planet. Mas como dijo el matador, «hay gente pa’ tó».

Recordaba haber tenido días antes con un amigo muy querido, que de música sabe un rato, una conversación sobre una canción, una verdadera delicia para los oídos que en las últimas décadas ha formado parte del corpus musical de todo buen español. El tema es ese que canta José Manuel Soto -el gemelo de don José Pedro Manglano en el mundo de la canción-: «Por Ella». Me imagino a Luis Bárcenas cantando la canción ante el juez, con guitarra en mano -a lo Teodoro de la Garza-Egea pero sin escupir huesos de aceitunas, claro, que se note que somos de Chamberí y no de Murcia- y pensando en su mujer, como un buen trovador -o como su hijo en el último tema del nuevo disco- mientras que doña Rosalía Iglesias se encuentra en el torreón carcelario -Alcalá Meco- rezando el Ave María y demás oraciones que le enseñaron en el colegio de las hijas (¡la Montal!). Imagínense a Bárcenas rasgando la guitarra: «por ella mis desolaciones y mis alegrías». Olé, olé. ¡Qué cañí me sale, señoría!

La cuestion final sería si, con esa trovadoresca canción y, acercándonos ya a los hechos, con toda la denuncia a Anticorrupción, Bárcenas -y doña Rosalía- estarían reflejando un verdadero amor matrimonial. Mi cometido no es adentrarme en el adorable, divertido y cochambroso terreno de la prensa rosa, ni en las apocalípticas -con razón- páginas de política y tribunales. La actuación de Bárcenas podría atender a varios factores como el de una venganza encubierta («¡a un pecado sin vergüenza, un castigo sin venganza!», que escribe Lope) o una afrenta para salvaguardar su honor. Me entrego a pensar, por el contrario, que de verdad puede existir un rescoldo de amor aunque me pregunto si este lleva todas las letras del término. Una de las razones la apuntaba ayer Lorena G. Maldonado en El Español: la lealtad. Lealtad a pesar de las sinvergonzonerías que les unen. Lo dicen los votos: «Y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad». Con los años, la vida te presenta diferentes caminos para amar a una persona, aunque este amor se encuentre acompañado de un error sumo. Puede ser esta una forma de demostrar que a los 64 años uno puede seguir cogiendo un Alsa por amor, aunque en vez de ser a Astorga sea a Alcalá Meco.

J.G.

Simulacros

Si 2020 sirvió de inspiración para escritores y humildes juntaletras por los motivos que ya todos conocemos, el 2021 no está dejando del todo atrás al anterior. Dice mi hermana -con otras palabras- que son buenos tiempos para la insurrección interior de la inspiración de los jóvenes plumillas (¡ay!), pues la realidad, como dice el vulgo, supera a la ficción. Tras el segundo terremoto de Granada, cierto hidalgo relataba en unos informativos radiofónicos cómo vivieron los seismos. El resultado: todos a la calle. Una pena, querido lector, no poder gritar al terremoto «¡Un desalojo, otra okupación!» como habrían hecho ciertos partidos o decir «¡terremota fascista!» como habría dicho -sin perder del todo las formas- la alcaldesa de mi pueblo, expresión crecida de enojo con perspectiva de género incluida.

Ver a los granadinos en la calle, con el frío invernal, despertó en mí cierta pena que se vio acrecentada por momentos al saberme metido en la cama con el gorrito de dormir y, lapicero en mano, con dos buenos libros sobre la colcha. Aunque esa sensación se vio finalmente tornada en un agradecimiento (¡Deo gratias!) por todo lo que uno inmerecidamente disfruta. Aun así, pude comprobar a través de la red del pajarito la picaresca española que nunca defrauda y la jovialidad de algunos granadinos en la calle.

Me vinieron a la mente ciertos episodios repetidos a lo largo de mi infancia y adolescencia. Uno, que es ducho en recordar experiencias que posteriormente son convertidas en chascarrillos, empieza a reírse solo en la noche, por mucho que estén los convivientes durmiendo. Cuando cursaba tercero de primaria, en el colegio de los pobres de mi pueblo, tuvieron a bien iniciar la tradición de los simulacros de incendios con tal de que, si llegase la emergencia, no nos pillara desprevenidos a la hora de evacuar el colegio, edificio de casi 300 años.

Empezaba a sonar la alarma con aquel ruido ensordecedor y todos los compañeros empezábamos a vociferar entre alegres -por la interrupción de la clase- y preocupados -por si la cosa iba en serio-. «¡Decidles a mis padres que los quiero!» soltaba uno. La cara del profesor de turno se cambiaba, expresando un inefable poema -elegía, más bien-. Salíamos en fila por la puerta encontrándonos con las otras chiquicientas clases del curso con sus chiquicientos compañeros, encomendándonos todos a la Inmaculada y a San Faustino Míguez (¡el Fausti!) para que la cosa no se fuera de madre. Marchábamos todos, guiados por el profesor, al patio, donde teníamos asignado un lugar al que acudir en caso de incendio. Todo el proceso era cuanto menos divertido, pues, en cualquier momento, un profesor nos podía decir que el incendio estaba -supuestamente, claro- en cocinas, y teníamos que atravesar el colegio para salir por otra puerta -háganse a la idea que, inicialmente, mi colegio ocupaba casi más espacio que el territorio de mi pueblo-. Cada simulacro convalidaba al cuerpo estudiantil la peregrinación jacobea. Una odisea digna de una buena narración de Manolo Lama.

Lo más divertido llegó en primero de bachillerato que, como granadinos, tuvimos que salir a la calle lateral de mi colegio, pues era la puerta de emergencias que nos correspondía. Los compatriotas viandantes nos miraban extrañados, observando con desconfianza el edificio de los pobres, como si fuera a salir algo extraño. La calle, al ser mediodía, olía a comida, proviniente de la casa de Doña Croqueta -la anciana que colgaba sus bragas en el balcón a la vista de todo el pasmado alumnado-.

Entre risas, apagué la luz de mi mesilla, acordándome de estas y otras historietas colegiales que uno vivió en sus años de más pura juventud, tarareando aquella canción nostálgica: «La vida se hace siempre de momentos, de cosas que no sueles valorar, y luego cuando pierdes, cuando al fin te has dado cuenta, el tiempo no te deja regresar». Estos recuerdos vitales, que tratan de alterar el normal funcionamiento de mi indómita mente creadora y reflectora del abismal mundo interior que desposeo, me ha impedido ofrecer hoy a mis estimados lectores otros artículos más pensados, reflexionados y «contemplativos» que, como diría Larra, «para mejor ocasión les tengo reservados».

J.G.

El hombre y la rosa

La entrevista como medio para descubrir a otra persona puede ser uno de los espacios periodísticos que más me atraiga. Descubrir en el otro el conocimiento o la sabiduría y, en uno mismo, la sana curiosidad, la necesidad del saber. Caminar senderos de forma conjunta, llegar a ideas comunes -sin tendipuentismos innecesarios, gracias-. Esa es la clave. Es por ello por lo que frecuento la escucha y la lectura de entrevistas, me gustan. Si en ellas se conversa con personas que conozco poco, mejor. Cervantes apunta a través del can Berganza en aquel Coloquio que «la ociosidad es raíz y madre de todos los vicios», así que consideraré esta afición mía como algo esencial en mi formación periodístico-humanística (¡ay!). Escuchaba hace bien poco una entrevista a Pablo d´Ors en la que brindó a la audiencia una reflexión más que interesante. Tras escuchar el escritor una coplilla de San Juan de la Cruz («Como no hay deseos en la casa de la nada, nunca el alma está penada»), señalaba d´Ors “el nieto” que la literatura, el arte, «tiene que reflejar no sólo los instintos y los deseos humanos sino también la parte espiritual, el anhelo de plenitud que tenemos todos», aquel que los cristianos encontramos en Dios, y los no creyentes llamarán con otros nombres. Si Donoso decía que en toda gran cuestión política va envuelta siempre una cuestión teológica -permítanme esta relación-, cuánto no debe tener la literatura de reflejo divino, por ser creación del creado. Es por ello que, siguiendo el razonamiento de Pablo d´Ors, la belleza («La belleza salvará el mundo», Dostoyevski) debe ser reflejada en toda obra literaria o artística. Esa belleza que nos conduce a una verdad superior a nosotros (¡pongan esa verdad con mayúsculas!).

Andaba yo en estas y otras reflexiones mientras me arreglaba para salir a la calle y ver algún charrán, aunque fuera de noche. Mientras llegaba a la estación, uno, que va sin música, divagaba acerca de esto y de lo otro. Me sorprendí al pasar por los pobres: habían asfaltado la calzada. «¡Pero si queda mucho para elecciones, alcaldesa!», pensé irónicamente para mis adentros, con un leve suspiro que empañó mis gafas debido a la dichosa mascarilla. Aunque, eso sí, con una actitud de agradecimiento a la regidora y al Altísimo ya que, al fin y al cabo, me encontraba por una zona libre de adoquines levantados. Llegando a la estación del pueblo, me percaté de la existencia, entre el tránsito de los allí presentes, de una persona inmóvil. Algo casi contracultural en una estación, como comprenderán. Era un hombre de edad avanzada. El poco pelo que le quedaba quería imitar con su color a la nieve, dejando patente cuántos inviernos había vivido. Se encontraba casi escondido, tras un cartel publicitario, de estos que dicen lo que tienes o no que comprar o pensar -lo cual en el mundo moderno viene a ser casi lo mismo-.

El hombre no era alto, tampoco un hobbit. Perteneciente a la media, y esas cosas que decimos los españoles para no sentirnos únicos -aunque luego aspiremos a serlo-. Sus manos se encontraban echadas atrás, como un parbulito visitando la mesa de la seño. Esas manos sostenían algo, tratando de esconderlo. No era aquello ni más ni menos que una rosa. Sí, una rosa. Envuelta en un plástico de esos que suelen tener en las floristerías. El hombre no se separaba de la rosa aunque su mirada indicaba que se iba a desprender de ella instantes después. Su mirada, como digo, guardaba cierta emoción, alegría y una dósis de nerviosismo. O al menos, eso interpreté yo. Su posición observadora, dirigida a las escaleras de la estación y a las vías, me hicieron pensar que esperaba a alguien. Esa rosa debía tener en quien descansar mientras era observada como un recuerdo o una ilusión. Traté de imaginarme quién recibiría aquella rosa… ¿Una joven dama? ¿su mujer, tal vez? ¿su mejor amiga? No lo sé. Cogí el tren anterior al habitual y no pude comprobar el desenlace de la historia, disculpen ustedes. Ni verificar el derroche del lucerío nacional de Almeida me hizo olvidar al hombre y la rosa.

La rosa, queridos lectores -tres o cuatro, por eso queridos-, iba a ser entregada. No sabemos si la persona a la que iba dirigida sería la más indicada o la situación la más adecuada. Pero en sus pétalos iban dibujados sentimientos de entrega. Una entrega que, virtuosa ella, iría acompañada de cariño, gestos, palabras; destinada, en definitiva, a la unión más sincera. Una unión que irradiaría belleza la cual, bien enfocada, sin lugar a duda, salvaría el mundo. Un plan sencillo y a la vez superior, como escuchar una entrevista o regalar una rosa.

J.G.

Sobre adoquines y fiestas ilegales

A mi edad, aunque no sea habitual, apetece en ciertas ocasiones salir de casa con el único propósito de dar un paseo sin más. Sin rumbo, sin una meta prefijada. Y lo mejor: sin apresuramientos. Con la libertad, en definitiva, de ser dueño de los pasos que uno va dando y las decisiones -en forma de direcciones- que uno va tomando. Ya sabrán mis lectores, como buenos conocedores de los usos de España, que este aspecto andarín es atribuido normalmente al jubilado. Pueda ser -entre otras muchas razones, como una recomendación del doctor- por el factor del tiempo libre. Aun así, aunque escasos, los estudiantes también tenemos pequeños fragmentos de tiempo dedicados a nuestro recreo más personal. Esos cachitos de tiempo no son realmente una liberación de tareas, sino la capacidad de procrastinación de faenas con el fin de dar pie a esas horas a las que tenemos a bien llamar «respiro».

Es así como, tras avisar a madre de mi expedición desde el quicio de la puerta, me dirigí hacia la calle en ese transbordador de universos verticales conocido como ascensor. En mi barrio, a pesar de ser el centro del pueblo, hay que andar con cuidado debido a la inestabilidad de los adoquines, los cuales la alcaldesa no parece querer sustituir. Algunos vecinos los terminan de arrancar y, sin avisar, se los llevan a sus respectivos hogares para posteriormente calentarlos y planchar con ellos. La intrahistoria de los adoquines en mi pueblo es un caso aparte. Si no fuera porque un adoquín mal colocado me gritó que no le pisara aquel día, hubiera caído en mitad de la calle Toledo. A los pocos metros me encontré con Jaime Tolentino, «Tolen» para los amigos. Deseé que no hubiera visto mi traspiés callejero. Tolen era muy amable y cercano, aunque era propenso a meterse en líos, como demostró en su etapa estudiantil.

-¡Buenos días, Javier!- me saludó con confianza- ¿qué tal todo?

-Muy bien, por aquí, dando un paseo- le respondí tratando de buscar alguna pregunta con la que salir del paso. Tomé la opción más clásica y cortés: devolver la pregunta- ¿y tú?, ¿cómo estás?

-No te lo vas a creer…- esto anunciaba una anécdota que parecía haber marcado su vida, por lo que traté de escuchar con atención todo lo que me decía.

En mi pueblo tenemos la costumbre de hacer una gran introducción para aquella historia que vamos a contar. En ocasiones, con una grandilocuente boutade con la que impresionar al otro. En el caso de Tolen, ese preámbulo se trató de un tremendo capítulo de culpas en el que solo le quedaba fustigarse, como en el bodrio del Código da Vinci.

Tras aquel melancólico pórtico a su introducción, Tolen me contó cómo había sido invitado a aquella fiesta en el ático. Yo había oído, días atrás, hablar de esa celebración en la prensa pues, como dice García, «un periodista desinformado es un punto sospechoso». A pesar de esto, seguí escuchando, ya que Tolen acrecentaba mi curiosidad por momentos. Relató de qué forma aquella magistral de la universidad había desembocado en una simpática conversación en la que un amigo, también de mi pueblo, invitó a todos sus compañeros a una fiesta en su ático.

-Nos dijo que era grande y lo creímos- me sollozaba Jaime Tolen.

Es así como, me siguió contando, se juntaron en una misma vivienda veintisiete personas con el fin de celebrar su amistad entre bebidas alcohólicas y humo de tabaco; ignorando el factor coronavírico que tantas vidas ha arrebatado desde marzo -o antes- y del que Tolen, según me dijo, había olvidado. Una vez entraron todos en el ático, se sirvieron bebidas y pusieron una lista de reproducción de Ska-P para amenizar (?) la noche con unos altavoces cuyo tamaño, tal y como me describió Tolen, pasaban del metro. Sin mascarillas, bailaban y cantaban esas canciones en unas horas en las que el sol ya había caído. Con tan mala suerte que uno de los veintiséis invitados de aquel ático tiró una botella de alcohol, aunque la cosa no se quedó ahí. Tolen me contó cómo aquella botella había terminado en unos cables de sonido provocando que los altavoces gigantes dejaran de transmitir la música para emitir un tremendo bocinazo que perduró varios minutos. Todo esto desembocó en la llamada de uno de los vecinos a la policía por el ruido provocado. Cuando la policía llegó, estaban todos asustados, según me narraba Tolen, imaginándose la multa que finalmente les cayó.

-El resto, ya se puede conocer a través de los principales diarios nacionales y locales- terminó Tolen entre sollozos, lamentando lo ocurrido.

Tras la conversación con Tolen, mi cuerpo no estaba para más paseos. A lo largo de mi vuelta a casa, tuve ocasión para reflexionar acerca del egoísmo «inocente» de Tolen y sus amigos en aquella fiesta. Sin lugar a duda, Tolen se dio cuenta de su error.                       

J.G.

No es la pizza

Recordé en una conversación reciente aquella pizza que degusté en el Baffeto. Una tratoría próxima a la Piazza Navona. Me pedí la especial, la de la casa (¡qué menos!). La pizza contenía una yema de huevo y estaba de muerte. Se lo puedo asegurar. Recuerdo que la experiencia de introducir tal suculencia en mi boca rozó el éxtasis, la transverberación, a lo Santa Teresa. Nunca recordaré una pizza mejor. A muchos se les llena la boca con las de Casa Tarradellas -en ambos sentidos-. Aunque sus pizzas no estén igual que aquella romana (Real Madrid versus Almería, claramente, sin desmerecer al conjunto almeriense), los anuncios que emite Casa Tarradellas son de infarto, de lo buenos que son.

Un anuncio de Casa Tarradellas se conoce cuando empieza. Trata de contar una historia familiar. Cada vez que hay un nuevo anuncio de esta empresa, mi casa se convierte en un cine dispuesta a ver el estreno, como si de la nueva de Malick se tratara. El último va de un universitario que quiere comunicar a sus padres la decisión de dejar sus estudios de Derecho para centrarse en la carrera musical, su pasión. Al final del spot el chico se lo cuenta a su familia, que se halla alrededor de la mesa cenando una pizza. Acaba bien, cómo no. Entrañable, sin lugar a duda.

Casa Tarradellas es experta en anuncios. Ubicados muchas veces en unas preciosas masías catalanas, la familia termina comiendo y celebrando -o sea, haciendo dos cosas que en España vienen a ser lo mismo-. Podemos caer en el error de discutir si la pizza es con o sin piña. No es el debate. Lo importante no es la pizza, no es el fuet, sino todo aquel conjunto de bocas tras el alimento que, reunidas alrededor de una mesa, tenemos a bien llamar familia.

La familia es un concepto antropológico, no ideológico, aunque algunos traten de creer que es tal. Forma parte de la naturaleza. Si hay una institución que sea atacada hoy día en el mundo occidental, esa es la familia. No sólo por los gobernantes clitemnestrianos que dirigen el cotarro («los hijos no pertenecen a los padres», Celáa dixit), sino por los propios ciudadanos tontisabios que creen que no tener hijos ayuda al medio ambiente, mientras compran cinco perros en el Verdecora. Como decía el inglés, «quienes hablan contra la familia no saben lo que hacen, porque no saben lo que deshacen».

Tal día como hoy (9 de noviembre) pero de 1982, Juan Pablo II dirigía desde Santiago de Compostela un mensaje en el que trasmitía la idea de que “el alma de Europa permanece unida porque, además de su origen común, tiene idénticos valores cristianos y humanos” como “el amor a la familia”. Europa ha cambiado mucho desde hace casi cuarenta años. Evidentemente, Europa sigue siendo Europa, aunque una pérdida de rumbo traducida en una abocada secularización ha provocado este declive que tanto dista de aquella gran idea de Schuman y compañía que giraba en torno a los valores de los que hablaba el Santo Padre.

No nos podemos formar para combatir todas las mentiras que están siendo vertidas en el mundo contemporáneo, pero sí dar la batalla en unas pocas cosas. Otros, vigías en la noche, con sus antorchas, alumbrarán demás combates. Lo importante es dar la batalla y tener presente que no poseemos la fuerza con la que luchamos, sino que nos ha sido concebida para un fin mayor. Nos jugamos el futuro de Europa. Nos jugamos el futuro de la Civilización. Aún tenemos tiempo.

J.G.