4M: una vuelta al cole

Comparto con el abuelo de García-Máiquez, recordado en un reciente artículo, la rutina de la siesta, algo sacro. O al menos una costumbre digna de conservar. Creánme, caros lectores. Si piensan que estoy haciendo apología de la pereza, están muy equivocados. La siesta es un aprovechamiento placentero del tiempo con el ánimo de restaurar nuestro vigor humano. En mi caso, no dura más de quince minutos. Pero oigan -o lean-, tampoco piensen que me voy a la cama. Tras repasar la Tercera del día o lo de Ruiz-Quintano, caigo rendido en el sofá, hasta que una puerta, abriéndose o cerrándose, me despierte.

Cuando me avivo tras la duermevela, me levanto preocupado. A ver si, en esta España nuestra, ha dimitido alguien. Pero no, rara vez me llevo tales alegrías. Y cuando me las llevo, momentos después anuncian que se presentan a unas elecciones. O al revés. El caso, que me distraigo. Hace unos días, tras gozar de estos quince minutos, madre dijo que me había llegado una carta. Me sobresalté. Intenté pensar quién podría haberme escrito. Recordé que el banco ya no envía nada porque ya no dan nada. Ni unas sartenes, ni un disco de Melendi. Ni un mísero interés en forma de unos centimillos (ni un par de peniques, «son para la comida de las palomas»). Corrí a la cocina a ver quién me escribía. Por el camino, todos los antepasados encerrados en los retratos de la casa me miraban sorprendidos, como asustados. «¡Qué culpa tengo yo de pasmarme si me llega una carta, queridos ancestros!» -les dije- «son otros tiempos». Ay. Una vez me hallé en la cocina, abrí el sobre con la misma emoción y devoción que un americano abre una carta, creyendo haber entrado en la universidad de sus sueños, no sin antes observar las características de la correspondencia. Visualicé un sobrecito blanco, pequeño, «tan blando por fuera, que se diría todo de algodón». Era la invitación a una fiesta.

Una fiesta… já. Aunque algunos lo llaman así. Fiesta de la democracia. El escudo de la Nación y unas letras azules indicaban la procedencia de la misiva: «Oficina del censo electoral». A pesar de mis frecuentes despistes, recordé que vivía en la Comunidad de Madrid y que tenía la edad suficiente como para ejercer libremente mi derecho al voto -muchas veces se me olvida lo esencial-, por lo que interpreté rapidamente la intención de la carta. Me anunciaba dónde iba a votar. Lo habitual siempre había sido votar en el ayuntamiento. Cuando uno vive en el centro («centrado, muy moderado») de un pueblo («más que centro, epicentro»), es lo que toca. Aunque me sorprendí. La mesa que habitualmente nos toca al clan de los Gregorio no iba a estar situada en el ayuntamiento. ¡Iba a estar en los Pobres! Una vuelta al cole en toda regla.

No me declaro entusiasta del actual sistema de las autonomías. Para empezar, porque no cumplen con la tradición política española. Además, no reconozco ninguna patria en ese territorio definido como Comunidad de Madrid. Patrias dos, la chica y la grande. Y una tercera, la mayor, la celestial. Allá donde hay que aspirar a llegar. Aquello del Ubi panis ibi patria es el Mr. Wonderfull de la tragedia de Marco Pacuvio, hagan caso. Aun así, no es bueno que nos desentendamos de estas próximas elecciones por todo lo que está en juego. Lo que está sobre la mesa no es un conjunto de asuntos menores. La continuación de una correcta gestión de la pandemia, la permanencia de unos tipos impositivos bajos en estos tiempos de zozobra económica y la batalla de -algunas- ideas frente a una izquierda cainita, son la baza con la que cuenta el equipo Ayuso; todo ello con un VOX 2.0 que suma la cercanía con los trabajadores y la clases populares -comprobándose en el éxito que han tenido en precampaña-, la batalla en pro de la seguridad de los barrios, cuestión que no se atreven a tocar otros partidos -ni el fresero Edmundo Bal (¿quién es ese?)- y la defensa de unos valores conservadores.

Dicen algunos entendidos que estas elecciones pueden ser un primer boceto de las próximas generales. Los madrileños hemos tenido la suerte (¿?) de tener en nuestra mano una oportunidad para el cambio de la política nacional. Aun así, déjense, por favor, de eslóganes vacuos. «Comunismo o libertad», gritan algunos. No estamos en los ochenta, estimados boomers, millenials y zoomers. Y -entrando al juego- si eligen libertad, sean coscientes de que hay una libertad mayor. No todo es lo material. Veritas liberabit vos.

Depositaré mi voto en donde tantas historias han transcurrido, encontrándome con el estudiante que fui. Cuando marchamos de algún sitio querido, siempre queda algo nuestro allí, una esencia que no se puede recuperar. Esto seguramente pensaré cuando haya votado y no en quién va a ganar. Una vez salga de los Pobres y comience el escrutinio, ojalá que las campanas repiquen vibrantes por el levantamiento del pueblo madrileño a favor de la libertad, como presenció esa fachada en 1808. Aunque sea solo para que, al día siguiente, de una forma placentera, sabedores del marco de libertad económica y política en el que se va a mover nuestra región los próximos años, podamos estirar la pata (¡oh!) para poder dormir una buena siesta (¡ah!), logrando conciliar el sueño sin algún político que yo me sé dentro de la Real Casa de Correos (¡uy!). Madrileños, como cantan los reyes de la joda, son tiempos de gestas. Vayan a votar. Y si logran conciliar el sueño tras el 4M, saquen champán, canten juntos Manolo Escobar y celebren.

J. G.