El neblí

El estudio meticuloso de los integrantes del mundo animal nunca ha sido «mi taza de té», que dicen los ingleses. Recuerdo tener un compañero en los pobres al que le encantaba observar todo tipo de bichejos, no sé con qué fin. A otros les gustaba analizar profundamente la clasificación de estos, además de sus características y comportamientos. Por mi parte, más allá de una simpatía militantemente disimulada hacia los canes (¡el mejor amigo del hombre!), no he invertido mi tiempo en tales quehaceres. Bastante complejo me resulta comprender al humano como para intentar indagar en los comportamientos animales (¡ay!). Sin embargo, la fauna de nuestro entorno puede hacernos comprender nuestra naturaleza humana misma. Incluso plantearnos ejemplos a seguir. Lo saben bien los poetas. Viene a colación una composición poética de Juan de Yepes, conocido en la religión como Juan de la Cruz (¡Doctor mysticus!). Los versos que en esta ocasión les acerco tratan de un ave, el neblí, muy estimada para la caza de cetrería. La primera estrofa dice así: «Tras de un amoroso lance, / y no de esperanza falto, / volé tan alto, tan alto, / que le di a la caza alcance». El neblí trata de ascender hasta lo más alto, con su música callada como pájaro solitario («estoy desvelado, gimiendo, como pájaro sin pareja en el tejado») y con la libertad que le caracteriza, vuela alto, sin ataduras, allí hasta donde encuentra consuelo: conformando todo un vuelo hacia Dios. San Josemaría tomará este ave como ejemplo en el que se junta la contemplación y la acción, la oración y el trabajo.

Andaba yo buscando sobre este particular ave cuando miré el reloj. Eran las primeras horas de la tarde. Los rayos del sol se hacían notar en el ayuntamiento y Carlos me esperaba en la plaza. Lo habitual es quedar directamente en la gran urbe, aunque en esta ocasión pusimos rumbo juntos a la ciudad partiendo desde la estación ferroviaria del pueblo -donde estuvo hace tiempo un hombre y una rosa-. Nos esperaba una aventura en la que íbamos a conocer a un referente. Algo que, verdaderamente, no se produce todos los días, como comprenderán. Llegando a Colón, allí donde todos los hijos del nacional-postureísmo se hacen una buena foto, enfilamos la calle Serrano. Si Jorge Juan huele a buena comida, Serrano huele a colonia cara. Se lo aseguro, dilectos lectores. Cosas de Madrid, ¡oh! Ascendiendo, llegamos a la Librería Neblí, donde el periodista y escritor Jorge Bustos atendía a lectores en aquello conocido como «firma de libros» (¡una firma!) de su nueva obra «Asombro y desencanto». Tras la cancelación en dos ocasiones de la madrileña Feria del Libro en el Buen Retiro, fue toda una experiencia volver a constatar la cercanía del escritor y el lector (¡ah!). Entrando en Neblí, la más emblemática librería de la cadena Troa, avanzamos por el largo pasillo hasta dar con una mesita donde el periodista estaba sentado. «Gorgue, sí», decía entre risas recordando, en conversación con unos lectores, cómo le llama Herrera. Tras unos minutos hablando con él, aproveché para pedirle consejo. «Toma consejo del hombre sabio y de buena conciencia; y apetece más ser enseñado de otro mejor que seguir tu parecer», escribe Tomás de Kempis. Así pues, preguntémosle, me dije, sobre lo que debe hacer un periodista o, como es nuestro caso, un estudiante de dicho oficio. No tardó en responder, como si la pregunta pronunciada se la hubiesen formulado con anterioridad, aunque no por ello nuestro Bustos dio repuesta con mal ánimo, sino todo lo contrario. He aquí el consejo: nos alentó a leer mucho. A leer mucho y bien. Nos indicó que, mientras numerosos aprendices del oficio se nutrían a base de series, nosotros debíamos reservar un espacio de nuestro tiempo para leer. Es en ese aspecto en donde partiría la diferencia.

Le comentaba hace poco a alguien la necesidad de silencio que tenemos en cada una de nuestras vidas -un tema que nunca cesaremos de tratar por aquí-. Los ruidos del mundo, explicitados en diferentes manifestaciones, impiden el cultivo del «propio jardín», necesario para el desarrollo de la persona. Llenamos nuestro tiempo de mil chorradas debido a que, a esta, nuestra generación, nos da mucha pereza descubrir que hay algo más allá, lo que normalmente se descubre mediante el silencio. Este silencio va íntimamente ligado a la lectura. No es una reflexión de un letraherido cualquiera sino una certeza. Nos cuesta disfrutar de la literatura debido a los numerosos estímulos que nos rodean, impidiendo -estos o nosotros- entregarnos de lleno a un libro. Nunca frenemos el deseo de ascender hasta lo más alto como el neblí, con las buenas palabras recogidas en los grandes libros. Las gestas de nuestras vidas se recogen en páginas. No las despreciemos. Ni las unas ni las otras.

J. G.