Esos desayunos

Anotaba Jaime Clemente en un artículo reciente, que nunca ha sabido dar contestación cuando le han preguntado a dónde le gustaría viajar. A pesar de ello, don Jaime se lanza a la piscina y ofrece unas opciones: Maldivas, Petra… emplazamientos alejados del frenesí de la ciudad. Por mi parte, creo que el destino no es tan importante siempre que el viaje esté supeditado a un condicionante esencial: que nuestro clan se encuentre alojado en un buen hotel. Pensarán que soy un sibarita epicúreo, aunque nada más lejos de la realidad. O al menos no como se lo imaginan. Servidor, que como peregrino sabe qué es dormir en el suelo con nada más entre el coxis y la tierra que una sudadera sudada a modo de almohadilla y un saco de dormir, no pide al alojamiento ninguna extravagancia, sólo un buen desayuno. La esencia de los hoteles, creánme, siempre ha residido en los desayunos. Cuando uno procede a la búsqueda hotelera, lo primero a lo que está obligado es a seleccionar que sólo aparezcan aquellos que ofrecen desayunos. Es ahí cuando sale un listado con cada hotel, los cuales, parecen gritar: «¡escógeme a mí!» -como pequeños mininos abandonados- con ofertas de «última hora» (¡adopta un hotel!). Cuando llega el momento de la selección, da igual el número de estrellas, da igual si tiene internet o no, da igual que tenga cucarachas en la ducha. Hemos de ir a lo importante: que el desayuno parezca variado, atractivo y suculento. Que incluya dulce y salado. Que no incluya las cucarachas.

Tras despertarse y asearse en una habitación que podrá resultar extraña -por lo hitchcockiana que la escena puede resultar-, el huésped vaga por los pasillos en busca del alimento matinal, como un fantasma buscando la luz. Una vez el alma hambrienta ha transitado todos los corredores habidos y por haber -en los pasillos de un hotel se esconden más historias de las que nos imaginamos-, llegamos, tras un cartel que lo anuncia, al salón de Desayunosgaudeamus!), que no es ni el comedor ni la simple cafetería del hotel, sino un espacio diferente. Algo diferenciador, superior tal vez. El huésped se enfrenta a la posibilidad de sufrir un síndrome de Stendhal por la belleza en forma de alimentos que un salón de desayunos puede albergar. Manjares más exquisitos que las delicias turcas de la Bruja Blanca de C. S. Lewis (¡gaudeamus!).

Por regla general, los buenos desayunos de hotel son los que acaban en el centro de salud o en el hospital. Podría recordar los desayunos ingleses, mas deseo recordar aquellos que viví en la capital portuguesa. Un dulce típico de Lisboa son los pasteles de Belém, pastelitos de hojaldre rellenos con crema. No son muy grandes por lo que cada día que estuve en Lisboa pude comer en los desayunos hoteleros dos o tres. Nunca antes los había probado y verdaderamente estaban deliciosos. Cuando llegó el último desayuno lisboeta, reparé en que probablemente no iba a probar de nuevo los pastelitos. Esto, unido al no saber a qué hora iba a comer uno («sí,sí, que me quedo sin comer») , pude ingerir cerca de doce pastelitos. Qué buenos estaban (¡gaudeamus!). Escribe Julio Camba que el hombre peca unas diez veces al día. Es así que, preferí pecar las diez veces en el desayuno del hotel, de gula. Comunismo o pastelitos de Belém.

Cuando salgan del hotel tras ese almuerzo matinal, dispuesto a sus quehaceres en el destino que han elegido, irán viendo aproximarse peligrosamente a Vicente del Bosque y a Carmen Machi. Casi persiguiéndoles para que se tomen el Danacol y el Activia. Háganles caso. Los desayunos hoteleros no se bajan con simple ejercicio. Y si en alguna ocasión, amigos lectores, oyen ecos de mi fallecimiento o leen mi esquela en el ABC, entérense si mi muerte fue debida a una sobredosis en el desayuno de un hotel. Si es así, avise a todos los que tenga alrededor, bendigan la mesa, cómanse un buen pastelito de Belém a modo de rogativa, y al unísono digan: «Murió feliz, ¡gaudeamus!».

J.G.