El intercambiador de David MacIan

La llegada de un email que no sea de tipo promocional siempre es un momento digno de celebrar (¡saquen las jarras de cerveza!). El imperio de la inmediatez y de la simpleza ha lapidado en cierto modo la comunicación entre iguales por esta vía (¡gran error!), todo ello dejando en manos de WhatsApp el envío de mensajes vía internet, con sus emoticonos y gifs, ajenos a cualquier aspiración literaria del envío. Esto se asimila, queridos lectores, a la comparación entre un campo de golf de gran extensión, con un minigolf. Es más cómodo y asequible el segundo, pero para los amantes del deporte es mejor el primero.

Cuando abrí el correo del blog, aquel que tengo enlazado como contacto en la página «sobre el autor», comprobé -repleto de júbilo- el haber recibido un mail. No es habitual, créanme, mis lectores. Era un tal David MacIan. Me atrajo su confianza y humildad. Pedía el favor de que, a falta de plataforma donde publicar su escrito, si lo podía alojar en mi bitácora -«con una introducción, si así lo desea»-. Me gustó. Así que dicho y hecho. Aunque, además de introducción, le calzo un broche. Espero que les guste, tanto o más que a un servidor. Con todos ustedes, David MacIan.

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Me pareció verla hace poco en un intercambiador madrileño. Habían transcurrido más de doce meses desde que nos vimos por última vez en ese evento lleno de gente con vestidos elegantes, mientras sonaba la ceremoniosa obra de Elgar, «Pompa y Circunstancia». Ella, aunque no fuese la protagonista de ese evento, estaba muy guapa. Vestía un traje precioso. Dicen que la belleza exterior es un fiel reflejo de la interior y, aunque la mayoría de las ocasiones pueda no ser así, en este caso coincidía. Nos habíamos conocido un par de meses atrás, alguna noche antes de la primera luna llena de primavera, entre gente amiga. España estaba de elecciones y Casado había sacado un remix orquestal del himno del PP, brindando a los ciudadanos la falsa esperanza de la vuelta del partido a sus raíces conservadoras; eso era lo que alteraba la sangre, no la primavera. Todo esto propició un caldo de cultivo bastante agradable para un intercambio personal de inquietudes que llevó a que el cabrón de Cupido lanzase sus flechas sobre ambos.

Después de aquella noche del evento no nos vimos más. Había intención, pero nunca nos atrevimos a dar continuidad. Conversaciones esporádicas en las que tratábamos de lo humano y lo divino. Nada más. El tiempo fue pasando y las ganas de un reencuentro se las fue llevando el curso de un río caudaloso llamado Tiempo, ángel a más de demonio.

Me pareció verla hace poco en un intercambiador madrileño. Habían transcurrido más de doce meses desde que nos vimos por última vez en ese evento lleno de gente con vestidos elegantes. Me pareció ella, aunque quién sabe. Me la quedé mirando y no pude llegar más que a conclusiones abstraídas a partir de la observación de aspectos superfluos que atendían al desconocimiento. Tal vez nos pudimos cruzar, como cantaba Modestia Aparte, en la hora punta en el metro. Como un vagón del suburbano, que viene y va, así fue ella para mí: algo pasajero. Lo que no iba a saber es que me acordaría de ese pequeño viaje hasta hoy; que la llevaría, como escribe el columnista, “colgando del corazón, como esas latas que se ponen en los tubos de escape de los coches de los recién casados y acaban dejando un muro en mitad de tu vida, separando lo que eres de lo que fuiste”. Aunque aquel verdadero muro llegaría meses después: “todo empezó en la montaña”. DAVID MACIAN

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Tras leerlo, respondí a este plumilla para comunicarle mi agradecimiento por la confianza que había depositado en mí -enviándome su escrito- y por su buen hacer al frente del teclado. Le pregunté con curiosidad por él, y me interesé en si sabía cómo había tratado el tiempo a aquella chica. ¿Cuántos años tenían ambos? ¿Qué estudiaba o en qué trabajaba? Fue imposible. Me llegó un correo de vuelta indicando que la dirección a la que intentaba enviar el mensaje no aceptaba correos -o algo así-. Apreciado David MacIan, no sé si estará leyendo esto, pero siga escribiendo. Y recuerde: lo escrito no sólo habla de nuestro pasado sino también de nuestro presente; recurra a ello cuando sea necesario y no olvide que la tinta plasmada con deseo solo es borrada con la voluntad.

J. G.