Amor matrimonial

El amor, si es bien dirigido (remitiéndonos a cómo lo describe el de Tarso), no deja de ser un cañonazo contra el mundo moderno. Entiendan el término «cañonazo» como su elevada intuición, dilectos lectores, les de a entender. El amor matrimonial, más concretamente, tampoco es cosa baladí, pues forma parte de algo nuevo que brota («¿no lo notáis?»), que sale de uno mismo y se une con el de enfrente, transformando un dos en uno (¡un equipo!) -o un tres en uno (Threegether!) dicho así, sin desviarnos un ápice de aquello que profesamos en esta humilde bitácora-. En definitiva, una unión que desafía a un mundo que no cree en ellos, un mundo que cree en un amor líquido donde la única entrega que existe es aquella que se da por debajo de la cintura. El amor matrimonial es una entrega caritativa que se muestra por medio de la reciprocidad, que no compatibilidad. GKC afirma no haber conocido matrimonio compatible alguno; felices, muchos. Esa felicidad, pues, se da porque es situado en el centro aquello que dijo un verdadero intelectual cristiano: «La vida humana no es un experimento, ni un contrato de arrendamiento, sino la entrega del uno al otro. Y la entrega de una persona a otra sólo puede ser acorde con la naturaleza humana si el amor es total, sin reservas». ¡Entrega! ¡Sin reservas!

Servidor tiene la buena costumbre de leer diariamente la edición completa de su periódico preferido. Aunque, como dijo otrora el clásico, «los periódicos son como los jóvenes de Madrid, no se diferencian sino en el nombre». Me enteré, con un buen cacao caliente entre las manos, de lo último de lo último. Bárcenas iba a soltar todo lo del PP dado que su mujer había acabado en la cárcel. La cosa es que los propios abogados populares le dijeron que si hablaba, su mujer iría a prisión. Como entró de todos modos, ahora don Luis ha de luchar por su mujer denunciando a Anticorrupción lo que sabe. No sé ustedes, pero casarse con uno que por amor reventaría un partido político, suena tan atractivo como oscuro. Este humilde juntaletras preferiría una Lois Lane, que podría denunciar al alcalde de la gran ciudad (¡cáspita, ya me olvidaba de mi alcaldesa!) desde la redacción del Daily Planet. Mas como dijo el matador, «hay gente pa’ tó».

Recordaba haber tenido días antes con un amigo muy querido, que de música sabe un rato, una conversación sobre una canción, una verdadera delicia para los oídos que en las últimas décadas ha formado parte del corpus musical de todo buen español. El tema es ese que canta José Manuel Soto -el gemelo de don José Pedro Manglano en el mundo de la canción-: «Por Ella». Me imagino a Luis Bárcenas cantando la canción ante el juez, con guitarra en mano -a lo Teodoro de la Garza-Egea pero sin escupir huesos de aceitunas, claro, que se note que somos de Chamberí y no de Murcia- y pensando en su mujer, como un buen trovador -o como su hijo en el último tema del nuevo disco- mientras que doña Rosalía Iglesias se encuentra en el torreón carcelario -Alcalá Meco- rezando el Ave María y demás oraciones que le enseñaron en el colegio de las hijas (¡la Montal!). Imagínense a Bárcenas rasgando la guitarra: «por ella mis desolaciones y mis alegrías». Olé, olé. ¡Qué cañí me sale, señoría!

La cuestion final sería si, con esa trovadoresca canción y, acercándonos ya a los hechos, con toda la denuncia a Anticorrupción, Bárcenas -y doña Rosalía- estarían reflejando un verdadero amor matrimonial. Mi cometido no es adentrarme en el adorable, divertido y cochambroso terreno de la prensa rosa, ni en las apocalípticas -con razón- páginas de política y tribunales. La actuación de Bárcenas podría atender a varios factores como el de una venganza encubierta («¡a un pecado sin vergüenza, un castigo sin venganza!», que escribe Lope) o una afrenta para salvaguardar su honor. Me entrego a pensar, por el contrario, que de verdad puede existir un rescoldo de amor aunque me pregunto si este lleva todas las letras del término. Una de las razones la apuntaba ayer Lorena G. Maldonado en El Español: la lealtad. Lealtad a pesar de las sinvergonzonerías que les unen. Lo dicen los votos: «Y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad». Con los años, la vida te presenta diferentes caminos para amar a una persona, aunque este amor se encuentre acompañado de un error sumo. Puede ser esta una forma de demostrar que a los 64 años uno puede seguir cogiendo un Alsa por amor, aunque en vez de ser a Astorga sea a Alcalá Meco.

J.G.