Simulacros

Si 2020 sirvió de inspiración para escritores y humildes juntaletras por los motivos que ya todos conocemos, el 2021 no está dejando del todo atrás al anterior. Dice mi hermana -con otras palabras- que son buenos tiempos para la insurrección interior de la inspiración de los jóvenes plumillas (¡ay!), pues la realidad, como dice el vulgo, supera a la ficción. Tras el segundo terremoto de Granada, cierto hidalgo relataba en unos informativos radiofónicos cómo vivieron los seismos. El resultado: todos a la calle. Una pena, querido lector, no poder gritar al terremoto «¡Un desalojo, otra okupación!» como habrían hecho ciertos partidos o decir «¡terremota fascista!» como habría dicho -sin perder del todo las formas- la alcaldesa de mi pueblo, expresión crecida de enojo con perspectiva de género incluida.

Ver a los granadinos en la calle, con el frío invernal, despertó en mí cierta pena que se vio acrecentada por momentos al saberme metido en la cama con el gorrito de dormir y, lapicero en mano, con dos buenos libros sobre la colcha. Aunque esa sensación se vio finalmente tornada en un agradecimiento (¡Deo gratias!) por todo lo que uno inmerecidamente disfruta. Aun así, pude comprobar a través de la red del pajarito la picaresca española que nunca defrauda y la jovialidad de algunos granadinos en la calle.

Me vinieron a la mente ciertos episodios repetidos a lo largo de mi infancia y adolescencia. Uno, que es ducho en recordar experiencias que posteriormente son convertidas en chascarrillos, empieza a reírse solo en la noche, por mucho que estén los convivientes durmiendo. Cuando cursaba tercero de primaria, en el colegio de los pobres de mi pueblo, tuvieron a bien iniciar la tradición de los simulacros de incendios con tal de que, si llegase la emergencia, no nos pillara desprevenidos a la hora de evacuar el colegio, edificio de casi 300 años.

Empezaba a sonar la alarma con aquel ruido ensordecedor y todos los compañeros empezábamos a vociferar entre alegres -por la interrupción de la clase- y preocupados -por si la cosa iba en serio-. «¡Decidles a mis padres que los quiero!» soltaba uno. La cara del profesor de turno se cambiaba, expresando un inefable poema -elegía, más bien-. Salíamos en fila por la puerta encontrándonos con las otras chiquicientas clases del curso con sus chiquicientos compañeros, encomendándonos todos a la Inmaculada y a San Faustino Míguez (¡el Fausti!) para que la cosa no se fuera de madre. Marchábamos todos, guiados por el profesor, al patio, donde teníamos asignado un lugar al que acudir en caso de incendio. Todo el proceso era cuanto menos divertido, pues, en cualquier momento, un profesor nos podía decir que el incendio estaba -supuestamente, claro- en cocinas, y teníamos que atravesar el colegio para salir por otra puerta -háganse a la idea que, inicialmente, mi colegio ocupaba casi más espacio que el territorio de mi pueblo-. Cada simulacro convalidaba al cuerpo estudiantil la peregrinación jacobea. Una odisea digna de una buena narración de Manolo Lama.

Lo más divertido llegó en primero de bachillerato que, como granadinos, tuvimos que salir a la calle lateral de mi colegio, pues era la puerta de emergencias que nos correspondía. Los compatriotas viandantes nos miraban extrañados, observando con desconfianza el edificio de los pobres, como si fuera a salir algo extraño. La calle, al ser mediodía, olía a comida, proviniente de la casa de Doña Croqueta -la anciana que colgaba sus bragas en el balcón a la vista de todo el pasmado alumnado-.

Entre risas, apagué la luz de mi mesilla, acordándome de estas y otras historietas colegiales que uno vivió en sus años de más pura juventud, tarareando aquella canción nostálgica: «La vida se hace siempre de momentos, de cosas que no sueles valorar, y luego cuando pierdes, cuando al fin te has dado cuenta, el tiempo no te deja regresar». Estos recuerdos vitales, que tratan de alterar el normal funcionamiento de mi indómita mente creadora y reflectora del abismal mundo interior que desposeo, me ha impedido ofrecer hoy a mis estimados lectores otros artículos más pensados, reflexionados y «contemplativos» que, como diría Larra, «para mejor ocasión les tengo reservados».

J.G.