El hombre y la rosa

La entrevista como medio para descubrir a otra persona puede ser uno de los espacios periodísticos que más me atraiga. Descubrir en el otro el conocimiento o la sabiduría y, en uno mismo, la sana curiosidad, la necesidad del saber. Caminar senderos de forma conjunta, llegar a ideas comunes -sin tendipuentismos innecesarios, gracias-. Esa es la clave. Es por ello por lo que frecuento la escucha y la lectura de entrevistas, me gustan. Si en ellas se conversa con personas que conozco poco, mejor. Cervantes apunta a través del can Berganza en aquel Coloquio que «la ociosidad es raíz y madre de todos los vicios», así que consideraré esta afición mía como algo esencial en mi formación periodístico-humanística (¡ay!). Escuchaba hace bien poco una entrevista a Pablo d´Ors en la que brindó a la audiencia una reflexión más que interesante. Tras escuchar el escritor una coplilla de San Juan de la Cruz («Como no hay deseos en la casa de la nada, nunca el alma está penada»), señalaba d´Ors “el nieto” que la literatura, el arte, «tiene que reflejar no sólo los instintos y los deseos humanos sino también la parte espiritual, el anhelo de plenitud que tenemos todos», aquel que los cristianos encontramos en Dios, y los no creyentes llamarán con otros nombres. Si Donoso decía que en toda gran cuestión política va envuelta siempre una cuestión teológica -permítanme esta relación-, cuánto no debe tener la literatura de reflejo divino, por ser creación del creado. Es por ello que, siguiendo el razonamiento de Pablo d´Ors, la belleza («La belleza salvará el mundo», Dostoyevski) debe ser reflejada en toda obra literaria o artística. Esa belleza que nos conduce a una verdad superior a nosotros (¡pongan esa verdad con mayúsculas!).

Andaba yo en estas y otras reflexiones mientras me arreglaba para salir a la calle y ver algún charrán, aunque fuera de noche. Mientras llegaba a la estación, uno, que va sin música, divagaba acerca de esto y de lo otro. Me sorprendí al pasar por los pobres: habían asfaltado la calzada. «¡Pero si queda mucho para elecciones, alcaldesa!», pensé irónicamente para mis adentros, con un leve suspiro que empañó mis gafas debido a la dichosa mascarilla. Aunque, eso sí, con una actitud de agradecimiento a la regidora y al Altísimo ya que, al fin y al cabo, me encontraba por una zona libre de adoquines levantados. Llegando a la estación del pueblo, me percaté de la existencia, entre el tránsito de los allí presentes, de una persona inmóvil. Algo casi contracultural en una estación, como comprenderán. Era un hombre de edad avanzada. El poco pelo que le quedaba quería imitar con su color a la nieve, dejando patente cuántos inviernos había vivido. Se encontraba casi escondido, tras un cartel publicitario, de estos que dicen lo que tienes o no que comprar o pensar -lo cual en el mundo moderno viene a ser casi lo mismo-.

El hombre no era alto, tampoco un hobbit. Perteneciente a la media, y esas cosas que decimos los españoles para no sentirnos únicos -aunque luego aspiremos a serlo-. Sus manos se encontraban echadas atrás, como un parbulito visitando la mesa de la seño. Esas manos sostenían algo, tratando de esconderlo. No era aquello ni más ni menos que una rosa. Sí, una rosa. Envuelta en un plástico de esos que suelen tener en las floristerías. El hombre no se separaba de la rosa aunque su mirada indicaba que se iba a desprender de ella instantes después. Su mirada, como digo, guardaba cierta emoción, alegría y una dósis de nerviosismo. O al menos, eso interpreté yo. Su posición observadora, dirigida a las escaleras de la estación y a las vías, me hicieron pensar que esperaba a alguien. Esa rosa debía tener en quien descansar mientras era observada como un recuerdo o una ilusión. Traté de imaginarme quién recibiría aquella rosa… ¿Una joven dama? ¿su mujer, tal vez? ¿su mejor amiga? No lo sé. Cogí el tren anterior al habitual y no pude comprobar el desenlace de la historia, disculpen ustedes. Ni verificar el derroche del lucerío nacional de Almeida me hizo olvidar al hombre y la rosa.

La rosa, queridos lectores -tres o cuatro, por eso queridos-, iba a ser entregada. No sabemos si la persona a la que iba dirigida sería la más indicada o la situación la más adecuada. Pero en sus pétalos iban dibujados sentimientos de entrega. Una entrega que, virtuosa ella, iría acompañada de cariño, gestos, palabras; destinada, en definitiva, a la unión más sincera. Una unión que irradiaría belleza la cual, bien enfocada, sin lugar a duda, salvaría el mundo. Un plan sencillo y a la vez superior, como escuchar una entrevista o regalar una rosa.

J.G.