Sobre adoquines y fiestas ilegales

A mi edad, aunque no sea habitual, apetece en ciertas ocasiones salir de casa con el único propósito de dar un paseo sin más. Sin rumbo, sin una meta prefijada. Y lo mejor: sin apresuramientos. Con la libertad, en definitiva, de ser dueño de los pasos que uno va dando y las decisiones -en forma de direcciones- que uno va tomando. Ya sabrán mis lectores, como buenos conocedores de los usos de España, que este aspecto andarín es atribuido normalmente al jubilado. Pueda ser -entre otras muchas razones, como una recomendación del doctor- por el factor del tiempo libre. Aun así, aunque escasos, los estudiantes también tenemos pequeños fragmentos de tiempo dedicados a nuestro recreo más personal. Esos cachitos de tiempo no son realmente una liberación de tareas, sino la capacidad de procrastinación de faenas con el fin de dar pie a esas horas a las que tenemos a bien llamar «respiro».

Es así como, tras avisar a madre de mi expedición desde el quicio de la puerta, me dirigí hacia la calle en ese transbordador de universos verticales conocido como ascensor. En mi barrio, a pesar de ser el centro del pueblo, hay que andar con cuidado debido a la inestabilidad de los adoquines, los cuales la alcaldesa no parece querer sustituir. Algunos vecinos los terminan de arrancar y, sin avisar, se los llevan a sus respectivos hogares para posteriormente calentarlos y planchar con ellos. La intrahistoria de los adoquines en mi pueblo es un caso aparte. Si no fuera porque un adoquín mal colocado me gritó que no le pisara aquel día, hubiera caído en mitad de la calle Toledo. A los pocos metros me encontré con Jaime Tolentino, «Tolen» para los amigos. Deseé que no hubiera visto mi traspiés callejero. Tolen era muy amable y cercano, aunque era propenso a meterse en líos, como demostró en su etapa estudiantil.

-¡Buenos días, Javier!- me saludó con confianza- ¿qué tal todo?

-Muy bien, por aquí, dando un paseo- le respondí tratando de buscar alguna pregunta con la que salir del paso. Tomé la opción más clásica y cortés: devolver la pregunta- ¿y tú?, ¿cómo estás?

-No te lo vas a creer…- esto anunciaba una anécdota que parecía haber marcado su vida, por lo que traté de escuchar con atención todo lo que me decía.

En mi pueblo tenemos la costumbre de hacer una gran introducción para aquella historia que vamos a contar. En ocasiones, con una grandilocuente boutade con la que impresionar al otro. En el caso de Tolen, ese preámbulo se trató de un tremendo capítulo de culpas en el que solo le quedaba fustigarse, como en el bodrio del Código da Vinci.

Tras aquel melancólico pórtico a su introducción, Tolen me contó cómo había sido invitado a aquella fiesta en el ático. Yo había oído, días atrás, hablar de esa celebración en la prensa pues, como dice García, «un periodista desinformado es un punto sospechoso». A pesar de esto, seguí escuchando, ya que Tolen acrecentaba mi curiosidad por momentos. Relató de qué forma aquella magistral de la universidad había desembocado en una simpática conversación en la que un amigo, también de mi pueblo, invitó a todos sus compañeros a una fiesta en su ático.

-Nos dijo que era grande y lo creímos- me sollozaba Jaime Tolen.

Es así como, me siguió contando, se juntaron en una misma vivienda veintisiete personas con el fin de celebrar su amistad entre bebidas alcohólicas y humo de tabaco; ignorando el factor coronavírico que tantas vidas ha arrebatado desde marzo -o antes- y del que Tolen, según me dijo, había olvidado. Una vez entraron todos en el ático, se sirvieron bebidas y pusieron una lista de reproducción de Ska-P para amenizar (?) la noche con unos altavoces cuyo tamaño, tal y como me describió Tolen, pasaban del metro. Sin mascarillas, bailaban y cantaban esas canciones en unas horas en las que el sol ya había caído. Con tan mala suerte que uno de los veintiséis invitados de aquel ático tiró una botella de alcohol, aunque la cosa no se quedó ahí. Tolen me contó cómo aquella botella había terminado en unos cables de sonido provocando que los altavoces gigantes dejaran de transmitir la música para emitir un tremendo bocinazo que perduró varios minutos. Todo esto desembocó en la llamada de uno de los vecinos a la policía por el ruido provocado. Cuando la policía llegó, estaban todos asustados, según me narraba Tolen, imaginándose la multa que finalmente les cayó.

-El resto, ya se puede conocer a través de los principales diarios nacionales y locales- terminó Tolen entre sollozos, lamentando lo ocurrido.

Tras la conversación con Tolen, mi cuerpo no estaba para más paseos. A lo largo de mi vuelta a casa, tuve ocasión para reflexionar acerca del egoísmo «inocente» de Tolen y sus amigos en aquella fiesta. Sin lugar a duda, Tolen se dio cuenta de su error.                       

J.G.