No es la pizza

Recordé en una conversación reciente aquella pizza que degusté en el Baffeto. Una tratoría próxima a la Piazza Navona. Me pedí la especial, la de la casa (¡qué menos!). La pizza contenía una yema de huevo y estaba de muerte. Se lo puedo asegurar. Recuerdo que la experiencia de introducir tal suculencia en mi boca rozó el éxtasis, la transverberación, a lo Santa Teresa. Nunca recordaré una pizza mejor. A muchos se les llena la boca con las de Casa Tarradellas -en ambos sentidos-. Aunque sus pizzas no estén igual que aquella romana (Real Madrid versus Almería, claramente, sin desmerecer al conjunto almeriense), los anuncios que emite Casa Tarradellas son de infarto, de lo buenos que son.

Un anuncio de Casa Tarradellas se conoce cuando empieza. Trata de contar una historia familiar. Cada vez que hay un nuevo anuncio de esta empresa, mi casa se convierte en un cine dispuesta a ver el estreno, como si de la nueva de Malick se tratara. El último va de un universitario que quiere comunicar a sus padres la decisión de dejar sus estudios de Derecho para centrarse en la carrera musical, su pasión. Al final del spot el chico se lo cuenta a su familia, que se halla alrededor de la mesa cenando una pizza. Acaba bien, cómo no. Entrañable, sin lugar a duda.

Casa Tarradellas es experta en anuncios. Ubicados muchas veces en unas preciosas masías catalanas, la familia termina comiendo y celebrando -o sea, haciendo dos cosas que en España vienen a ser lo mismo-. Podemos caer en el error de discutir si la pizza es con o sin piña. No es el debate. Lo importante no es la pizza, no es el fuet, sino todo aquel conjunto de bocas tras el alimento que, reunidas alrededor de una mesa, tenemos a bien llamar familia.

La familia es un concepto antropológico, no ideológico, aunque algunos traten de creer que es tal. Forma parte de la naturaleza. Si hay una institución que sea atacada hoy día en el mundo occidental, esa es la familia. No sólo por los gobernantes clitemnestrianos que dirigen el cotarro («los hijos no pertenecen a los padres», Celáa dixit), sino por los propios ciudadanos tontisabios que creen que no tener hijos ayuda al medio ambiente, mientras compran cinco perros en el Verdecora. Como decía el inglés, «quienes hablan contra la familia no saben lo que hacen, porque no saben lo que deshacen».

Tal día como hoy (9 de noviembre) pero de 1982, Juan Pablo II dirigía desde Santiago de Compostela un mensaje en el que trasmitía la idea de que “el alma de Europa permanece unida porque, además de su origen común, tiene idénticos valores cristianos y humanos” como “el amor a la familia”. Europa ha cambiado mucho desde hace casi cuarenta años. Evidentemente, Europa sigue siendo Europa, aunque una pérdida de rumbo traducida en una abocada secularización ha provocado este declive que tanto dista de aquella gran idea de Schuman y compañía que giraba en torno a los valores de los que hablaba el Santo Padre.

No nos podemos formar para combatir todas las mentiras que están siendo vertidas en el mundo contemporáneo, pero sí dar la batalla en unas pocas cosas. Otros, vigías en la noche, con sus antorchas, alumbrarán demás combates. Lo importante es dar la batalla y tener presente que no poseemos la fuerza con la que luchamos, sino que nos ha sido concebida para un fin mayor. Nos jugamos el futuro de Europa. Nos jugamos el futuro de la Civilización. Aún tenemos tiempo.

J.G.