El Canario

Carlos se dio cuenta de que me refería a mi ciudad natal como “el pueblo”. Le resultó peculiar, o eso creo yo. Dije a Carlos que era grande para considerarse una ciudad, pero tampoco tanto, por lo que le expliqué que para mí era un pueblo. Sus gentes y costumbres conforman un paisaje bastante particular para considerarse una ciudad. Se lo decía mientras paseábamos por la calle Madrid. La calle Madrid, en su primer y más clásico tramo, tiene todo lo que una ciudad y un pueblo desearía tener en una sola calle. «Si vas con prisa -le dije a Carlos- mejor no vayas por la calle Madrid, que te encontrarás a alguien conocido», como nos pasó escasos segundos después.

Todos los pueblos tienen sus personajes, sus figuras, más o menos conocidas. El mío también. Al llegar a casa y terminar de darle una vuelta a Garcilaso, me sobrevoló en la memoria una gran figura, un personaje de la calle Madrid, de esos que era frecuente encontrar paseando un sábado tarde. Todo un poeta, todo un artista. Ese personaje era mayor o, al menos, no se conservaba bien. Su pelo cano crecido y una barba del mismo color le acompañaban en cada garbeo, en el que regalaba su poesía a cambio de la voluntad o de una simple conversación, disfrutando de ella como un verdadero irenita. Recuerdo que El Canario -que es así como se hacía llamar, debido a sus orígenes de la tierra del archipiélago- deambulaba por las calles del “pueblo” estableciendo como ruta principal la calle Madrid, en ocasiones acompañado por una gorra de navegante, a pesar de ser hijo de militar del Aire.  José Raúl Díaz, «el Canario», era también conocido como «el poeta vagabundo» como le llegaron a apodar en un programa de la SER, dado que, a pesar de estar empadronado en el “pueblo”, su vida bohemia le llevaba a pasar temporadas en Valladolid, Soria, Ávila o en diferentes parajes de la terriña gallega (buscando el pan en lugares de donde Camba se fue para hacer lo mismo), en búsqueda de diversas ferias literarias en las que su poesía pudiera tocar el corazón de más gente.

Si la calle Madrid pasaba más de un par de semanas sin atestiguar la presencia de El Canario, las leyendas urbanas empezaban a aflorar acerca de cuál podría ser su paradero: que si se cayó de un quinto piso, que si lo atropelló un tren… Todo esto hacía realidad la queja de una maestra que tuve en los Pobres: «¡cómo os gusta en este pueblo la rumorología!». Y es que El Canario, además de ser poeta, pintor, músico y escribidor -como solía decir Jiménez Lozano-, era figurante en películas españolas y americanas, lo que hacía fortalecer más su mito.

El Canario podría haber pertenecido a alguna generación poética de años atrás, aunque para ello debería de haber nacido quizá cincuenta años antes. La vida a veces te arroja a una época mucho posterior a la que te gustaría haber vivido, a pesar de que es en el presente donde uno mejor puede llevar a cabo su encomienda. Juan Manuel de Prada llegó a preguntarse «¿Cómo será este José Raúl Díaz Viera, embajador ambulante de las musas, vigía furtivo de la luna, buhonero de palabras que captan su brillo a la luz esmerilada de una farola?» El día de su fallecimiento, un periódico tituló: «La calle se queda sin su poeta: El Canario». Y tantos vecinos supimos que la calle Madrid, con sus idas y venidas, había perdido a un cuerdo en un mundo lleno de locos, pues como decía Chesterton, «los poetas no se vuelven locos, pero sí los jugadores de ajedrez».

J.G.