El hombre y la rosa

La entrevista como medio para descubrir a otra persona puede ser uno de los espacios periodísticos que más me atraiga. Descubrir en el otro el conocimiento o la sabiduría y, en uno mismo, la sana curiosidad, la necesidad del saber. Caminar senderos de forma conjunta, llegar a ideas comunes -sin tendipuentismos innecesarios, gracias-. Esa es la clave. Es por ello por lo que frecuento la escucha y la lectura de entrevistas, me gustan. Si en ellas se conversa con personas que conozco poco, mejor. Cervantes apunta a través del can Berganza en aquel Coloquio que «la ociosidad es raíz y madre de todos los vicios», así que consideraré esta afición mía como algo esencial en mi formación periodístico-humanística (¡ay!). Escuchaba hace bien poco una entrevista a Pablo d´Ors en la que brindó a la audiencia una reflexión más que interesante. Tras escuchar el escritor una coplilla de San Juan de la Cruz («Como no hay deseos en la casa de la nada, nunca el alma está penada»), señalaba d´Ors “el nieto” que la literatura, el arte, «tiene que reflejar no sólo los instintos y los deseos humanos sino también la parte espiritual, el anhelo de plenitud que tenemos todos», aquel que los cristianos encontramos en Dios, y los no creyentes llamarán con otros nombres. Si Donoso decía que en toda gran cuestión política va envuelta siempre una cuestión teológica -permítanme esta relación-, cuánto no debe tener la literatura de reflejo divino, por ser creación del creado. Es por ello que, siguiendo el razonamiento de Pablo d´Ors, la belleza («La belleza salvará el mundo», Dostoyevski) debe ser reflejada en toda obra literaria o artística. Esa belleza que nos conduce a una verdad superior a nosotros (¡pongan esa verdad con mayúsculas!).

Andaba yo en estas y otras reflexiones mientras me arreglaba para salir a la calle y ver algún charrán, aunque fuera de noche. Mientras llegaba a la estación, uno, que va sin música, divagaba acerca de esto y de lo otro. Me sorprendí al pasar por los pobres: habían asfaltado la calzada. «¡Pero si queda mucho para elecciones, alcaldesa!», pensé irónicamente para mis adentros, con un leve suspiro que empañó mis gafas debido a la dichosa mascarilla. Aunque, eso sí, con una actitud de agradecimiento a la regidora y al Altísimo ya que, al fin y al cabo, me encontraba por una zona libre de adoquines levantados. Llegando a la estación del pueblo, me percaté de la existencia, entre el tránsito de los allí presentes, de una persona inmóvil. Algo casi contracultural en una estación, como comprenderán. Era un hombre de edad avanzada. El poco pelo que le quedaba quería imitar con su color a la nieve, dejando patente cuántos inviernos había vivido. Se encontraba casi escondido, tras un cartel publicitario, de estos que dicen lo que tienes o no que comprar o pensar -lo cual en el mundo moderno viene a ser casi lo mismo-.

El hombre no era alto, tampoco un hobbit. Perteneciente a la media, y esas cosas que decimos los españoles para no sentirnos únicos -aunque luego aspiremos a serlo-. Sus manos se encontraban echadas atrás, como un parbulito visitando la mesa de la seño. Esas manos sostenían algo, tratando de esconderlo. No era aquello ni más ni menos que una rosa. Sí, una rosa. Envuelta en un plástico de esos que suelen tener en las floristerías. El hombre no se separaba de la rosa aunque su mirada indicaba que se iba a desprender de ella instantes después. Su mirada, como digo, guardaba cierta emoción, alegría y una dósis de nerviosismo. O al menos, eso interpreté yo. Su posición observadora, dirigida a las escaleras de la estación y a las vías, me hicieron pensar que esperaba a alguien. Esa rosa debía tener en quien descansar mientras era observada como un recuerdo o una ilusión. Traté de imaginarme quién recibiría aquella rosa… ¿Una joven dama? ¿su mujer, tal vez? ¿su mejor amiga? No lo sé. Cogí el tren anterior al habitual y no pude comprobar el desenlace de la historia, disculpen ustedes. Ni verificar el derroche del lucerío nacional de Almeida me hizo olvidar al hombre y la rosa.

La rosa, queridos lectores -tres o cuatro, por eso queridos-, iba a ser entregada. No sabemos si la persona a la que iba dirigida sería la más indicada o la situación la más adecuada. Pero en sus pétalos iban dibujados sentimientos de entrega. Una entrega que, virtuosa ella, iría acompañada de cariño, gestos, palabras; destinada, en definitiva, a la unión más sincera. Una unión que irradiaría belleza la cual, bien enfocada, sin lugar a duda, salvaría el mundo. Un plan sencillo y a la vez superior, como escuchar una entrevista o regalar una rosa.

J.G.

Sobre adoquines y fiestas ilegales

A mi edad, aunque no sea habitual, apetece en ciertas ocasiones salir de casa con el único propósito de dar un paseo sin más. Sin rumbo, sin una meta prefijada. Y lo mejor: sin apresuramientos. Con la libertad, en definitiva, de ser dueño de los pasos que uno va dando y las decisiones -en forma de direcciones- que uno va tomando. Ya sabrán mis lectores, como buenos conocedores de los usos de España, que este aspecto andarín es atribuido normalmente al jubilado. Pueda ser -entre otras muchas razones, como una recomendación del doctor- por el factor del tiempo libre. Aun así, aunque escasos, los estudiantes también tenemos pequeños fragmentos de tiempo dedicados a nuestro recreo más personal. Esos cachitos de tiempo no son realmente una liberación de tareas, sino la capacidad de procrastinación de faenas con el fin de dar pie a esas horas a las que tenemos a bien llamar «respiro».

Es así como, tras avisar a madre de mi expedición desde el quicio de la puerta, me dirigí hacia la calle en ese transbordador de universos verticales conocido como ascensor. En mi barrio, a pesar de ser el centro del pueblo, hay que andar con cuidado debido a la inestabilidad de los adoquines, los cuales la alcaldesa no parece querer sustituir. Algunos vecinos los terminan de arrancar y, sin avisar, se los llevan a sus respectivos hogares para posteriormente calentarlos y planchar con ellos. La intrahistoria de los adoquines en mi pueblo es un caso aparte. Si no fuera porque un adoquín mal colocado me gritó que no le pisara aquel día, hubiera caído en mitad de la calle Toledo. A los pocos metros me encontré con Jaime Tolentino, «Tolen» para los amigos. Deseé que no hubiera visto mi traspiés callejero. Tolen era muy amable y cercano, aunque era propenso a meterse en líos, como demostró en su etapa estudiantil.

-¡Buenos días, Javier!- me saludó con confianza- ¿qué tal todo?

-Muy bien, por aquí, dando un paseo- le respondí tratando de buscar alguna pregunta con la que salir del paso. Tomé la opción más clásica y cortés: devolver la pregunta- ¿y tú?, ¿cómo estás?

-No te lo vas a creer…- esto anunciaba una anécdota que parecía haber marcado su vida, por lo que traté de escuchar con atención todo lo que me decía.

En mi pueblo tenemos la costumbre de hacer una gran introducción para aquella historia que vamos a contar. En ocasiones, con una grandilocuente boutade con la que impresionar al otro. En el caso de Tolen, ese preámbulo se trató de un tremendo capítulo de culpas en el que solo le quedaba fustigarse, como en el bodrio del Código da Vinci.

Tras aquel melancólico pórtico a su introducción, Tolen me contó cómo había sido invitado a aquella fiesta en el ático. Yo había oído, días atrás, hablar de esa celebración en la prensa pues, como dice García, «un periodista desinformado es un punto sospechoso». A pesar de esto, seguí escuchando, ya que Tolen acrecentaba mi curiosidad por momentos. Relató de qué forma aquella magistral de la universidad había desembocado en una simpática conversación en la que un amigo, también de mi pueblo, invitó a todos sus compañeros a una fiesta en su ático.

-Nos dijo que era grande y lo creímos- me sollozaba Jaime Tolen.

Es así como, me siguió contando, se juntaron en una misma vivienda veintisiete personas con el fin de celebrar su amistad entre bebidas alcohólicas y humo de tabaco; ignorando el factor coronavírico que tantas vidas ha arrebatado desde marzo -o antes- y del que Tolen, según me dijo, había olvidado. Una vez entraron todos en el ático, se sirvieron bebidas y pusieron una lista de reproducción de Ska-P para amenizar (?) la noche con unos altavoces cuyo tamaño, tal y como me describió Tolen, pasaban del metro. Sin mascarillas, bailaban y cantaban esas canciones en unas horas en las que el sol ya había caído. Con tan mala suerte que uno de los veintiséis invitados de aquel ático tiró una botella de alcohol, aunque la cosa no se quedó ahí. Tolen me contó cómo aquella botella había terminado en unos cables de sonido provocando que los altavoces gigantes dejaran de transmitir la música para emitir un tremendo bocinazo que perduró varios minutos. Todo esto desembocó en la llamada de uno de los vecinos a la policía por el ruido provocado. Cuando la policía llegó, estaban todos asustados, según me narraba Tolen, imaginándose la multa que finalmente les cayó.

-El resto, ya se puede conocer a través de los principales diarios nacionales y locales- terminó Tolen entre sollozos, lamentando lo ocurrido.

Tras la conversación con Tolen, mi cuerpo no estaba para más paseos. A lo largo de mi vuelta a casa, tuve ocasión para reflexionar acerca del egoísmo «inocente» de Tolen y sus amigos en aquella fiesta. Sin lugar a duda, Tolen se dio cuenta de su error.                       

J.G.

No es la pizza

Recordé en una conversación reciente aquella pizza que degusté en el Baffeto. Una tratoría próxima a la Piazza Navona. Me pedí la especial, la de la casa (¡qué menos!). La pizza contenía una yema de huevo y estaba de muerte. Se lo puedo asegurar. Recuerdo que la experiencia de introducir tal suculencia en mi boca rozó el éxtasis, la transverberación, a lo Santa Teresa. Nunca recordaré una pizza mejor. A muchos se les llena la boca con las de Casa Tarradellas -en ambos sentidos-. Aunque sus pizzas no estén igual que aquella romana (Real Madrid versus Almería, claramente, sin desmerecer al conjunto almeriense), los anuncios que emite Casa Tarradellas son de infarto, de lo buenos que son.

Un anuncio de Casa Tarradellas se conoce cuando empieza. Trata de contar una historia familiar. Cada vez que hay un nuevo anuncio de esta empresa, mi casa se convierte en un cine dispuesta a ver el estreno, como si de la nueva de Malick se tratara. El último va de un universitario que quiere comunicar a sus padres la decisión de dejar sus estudios de Derecho para centrarse en la carrera musical, su pasión. Al final del spot el chico se lo cuenta a su familia, que se halla alrededor de la mesa cenando una pizza. Acaba bien, cómo no. Entrañable, sin lugar a duda.

Casa Tarradellas es experta en anuncios. Ubicados muchas veces en unas preciosas masías catalanas, la familia termina comiendo y celebrando -o sea, haciendo dos cosas que en España vienen a ser lo mismo-. Podemos caer en el error de discutir si la pizza es con o sin piña. No es el debate. Lo importante no es la pizza, no es el fuet, sino todo aquel conjunto de bocas tras el alimento que, reunidas alrededor de una mesa, tenemos a bien llamar familia.

La familia es un concepto antropológico, no ideológico, aunque algunos traten de creer que es tal. Forma parte de la naturaleza. Si hay una institución que sea atacada hoy día en el mundo occidental, esa es la familia. No sólo por los gobernantes clitemnestrianos que dirigen el cotarro («los hijos no pertenecen a los padres», Celáa dixit), sino por los propios ciudadanos tontisabios que creen que no tener hijos ayuda al medio ambiente, mientras compran cinco perros en el Verdecora. Como decía el inglés, «quienes hablan contra la familia no saben lo que hacen, porque no saben lo que deshacen».

Tal día como hoy (9 de noviembre) pero de 1982, Juan Pablo II dirigía desde Santiago de Compostela un mensaje en el que trasmitía la idea de que “el alma de Europa permanece unida porque, además de su origen común, tiene idénticos valores cristianos y humanos” como “el amor a la familia”. Europa ha cambiado mucho desde hace casi cuarenta años. Evidentemente, Europa sigue siendo Europa, aunque una pérdida de rumbo traducida en una abocada secularización ha provocado este declive que tanto dista de aquella gran idea de Schuman y compañía que giraba en torno a los valores de los que hablaba el Santo Padre.

No nos podemos formar para combatir todas las mentiras que están siendo vertidas en el mundo contemporáneo, pero sí dar la batalla en unas pocas cosas. Otros, vigías en la noche, con sus antorchas, alumbrarán demás combates. Lo importante es dar la batalla y tener presente que no poseemos la fuerza con la que luchamos, sino que nos ha sido concebida para un fin mayor. Nos jugamos el futuro de Europa. Nos jugamos el futuro de la Civilización. Aún tenemos tiempo.

J.G.

El Canario

Carlos se dio cuenta de que me refería a mi ciudad natal como “el pueblo”. Le resultó peculiar, o eso creo yo. Dije a Carlos que era grande para considerarse una ciudad, pero tampoco tanto, por lo que le expliqué que para mí era un pueblo. Sus gentes y costumbres conforman un paisaje bastante particular para considerarse una ciudad. Se lo decía mientras paseábamos por la calle Madrid. La calle Madrid, en su primer y más clásico tramo, tiene todo lo que una ciudad y un pueblo desearía tener en una sola calle. «Si vas con prisa -le dije a Carlos- mejor no vayas por la calle Madrid, que te encontrarás a alguien conocido», como nos pasó escasos segundos después.

Todos los pueblos tienen sus personajes, sus figuras, más o menos conocidas. El mío también. Al llegar a casa y terminar de darle una vuelta a Garcilaso, me sobrevoló en la memoria una gran figura, un personaje de la calle Madrid, de esos que era frecuente encontrar paseando un sábado tarde. Todo un poeta, todo un artista. Ese personaje era mayor o, al menos, no se conservaba bien. Su pelo cano crecido y una barba del mismo color le acompañaban en cada garbeo, en el que regalaba su poesía a cambio de la voluntad o de una simple conversación, disfrutando de ella como un verdadero irenita. Recuerdo que El Canario -que es así como se hacía llamar, debido a sus orígenes de la tierra del archipiélago- deambulaba por las calles del “pueblo” estableciendo como ruta principal la calle Madrid, en ocasiones acompañado por una gorra de navegante, a pesar de ser hijo de militar del Aire.  José Raúl Díaz, «el Canario», era también conocido como «el poeta vagabundo» como le llegaron a apodar en un programa de la SER, dado que, a pesar de estar empadronado en el “pueblo”, su vida bohemia le llevaba a pasar temporadas en Valladolid, Soria, Ávila o en diferentes parajes de la terriña gallega (buscando el pan en lugares de donde Camba se fue para hacer lo mismo), en búsqueda de diversas ferias literarias en las que su poesía pudiera tocar el corazón de más gente.

Si la calle Madrid pasaba más de un par de semanas sin atestiguar la presencia de El Canario, las leyendas urbanas empezaban a aflorar acerca de cuál podría ser su paradero: que si se cayó de un quinto piso, que si lo atropelló un tren… Todo esto hacía realidad la queja de una maestra que tuve en los Pobres: «¡cómo os gusta en este pueblo la rumorología!». Y es que El Canario, además de ser poeta, pintor, músico y escribidor -como solía decir Jiménez Lozano-, era figurante en películas españolas y americanas, lo que hacía fortalecer más su mito.

El Canario podría haber pertenecido a alguna generación poética de años atrás, aunque para ello debería de haber nacido quizá cincuenta años antes. La vida a veces te arroja a una época mucho posterior a la que te gustaría haber vivido, a pesar de que es en el presente donde uno mejor puede llevar a cabo su encomienda. Juan Manuel de Prada llegó a preguntarse «¿Cómo será este José Raúl Díaz Viera, embajador ambulante de las musas, vigía furtivo de la luna, buhonero de palabras que captan su brillo a la luz esmerilada de una farola?» El día de su fallecimiento, un periódico tituló: «La calle se queda sin su poeta: El Canario». Y tantos vecinos supimos que la calle Madrid, con sus idas y venidas, había perdido a un cuerdo en un mundo lleno de locos, pues como decía Chesterton, «los poetas no se vuelven locos, pero sí los jugadores de ajedrez».

J.G.

La agenda

No sé si se han dado cuenta. Seguramente sí. Existen en el calendario civil unas cuantas fechas que constituyen importantes operaciones comerciales a lo largo de un año. Y no me refiero a aquellas tan comunes denominadas «mercado de fichajes», en la que los presidentes de clubes se convierten en periodistas a la caza de una noticia en forma humana, que dé cierto rendimiento -económico y físico- al once. Tampoco me remito a las rebajas de verano e invierno. Aludo a la Operación Papel. La Operación Papel, lejos de ser una trama de corrupción (¡la Paper!) es aquella en la que estudiantes de todas las edades nos dejamos a principio de curso los cuartos en libros o elementos de papelería. Los cuartos… o los riñones enteros.

En los últimos años, las librerías han sido dejadas de lado por el consumidor. El negocio es la papelería. La otra de la pareja. Podemos incluso llegar a la conclusión de que la gente escribe más que lee. Craso error. La papelería no deja de ser vista por muchos como el palacio del Señor Maravilloso -traduzcan, traduzcan- en donde es actividad frecuente encontrar bolígrafos de colores raros, tarjetas que nadie sabe para qué son o flautas escolares con las que el niño pueda alegrar la vida a sus vecinos. Distintos materiales escolares y de oficina son apilados, como el anuncio navideño de la apetecible montaña de bombones Ferrero Rocher, pero sin una Isabel Preysler a su lado que te diga palabras dulces para persuadirte. Bolígrafos, cuadernos, calculadoras… y agendas. Ahí quería yo llegar.

En los Pobres, tenían la buena costumbre de entregarnos a cada alumno por el principio de curso una agendita para apuntar nuestras tareas. Constituía no sólo una herramienta del alumno (había quien practicaba el arte del grafiti con ella) sino también una vía de comunicación docente-parental antes de que llegasen las endiabladas plataformas online. Eso hizo mella en mí y ante el comienzo de curso, me dio por comprarme una agenda.

Para las personas ordenadas y para los que intentamos serlo, la agenda es pues, un todo en el quehacer diario. Es por ello que me dispuse a encontrar esta particular libretilla en un recipiente vintage donde la papelera (la hija del papelero) tenía colocadas las agendas. Y no crean que el proceso de compra es algo sencillo. Aunque mi principal requisito era que la agenda tuviese la onomástica diaria. Es decir, el santo del día, esperando no ser el único que pusiera ese “filtro” en su búsqueda agendil. La encontré. Aunque también venían indicados los días mundiales, que no dejan de ser el santoral laico de hoy en día, como leí hace bien poco a alguien.

La agenda es y será ese misterioso lugar en el que poder divisar un pasado limitado, un presente exacto -y desenfrenado-, y un futuro no sólo limitado sino también indeciso. La covid nos ha demostrado esto. No sabremos qué nos deparará el mañana y dudamos entre si vivir el presente o seguir viviendo en el devenir. Y aunque el mañana sigue siendo esencial, debemos fijarnos en el día, como en la agenda, ya que el ahora nos conducirá al futuro.

J.G.

Moyano

Se me hace imposible ir al centro de Madrid porque sí. Sin un motivo aparente. Siempre tiene que constar en acta una razón más o menos ordenada, como una compra o una visita, para atribuir mi traslado al corazón de la capital, aunque muchas veces sea lo más cercano a una excusa autoimpuesta buscada a conciencia. Lo bueno que tiene Madrid es que tiene cien mil lugares-refugio. Y usted me dirá: ¡qué disparate, Javier! Mi pueblo también es mi refugio personal. Y no tendré más remedio que darle la razón, porque comparado con la vida tranquila del pueblo todo es menor. Aun así, algunos necesitamos encontrar un refugio en la gran ciudad, donde no ser nadie y ser uno al mismo tiempo. Algo así como el estrellado Via Veneto barcelonés para Sostres.

En el corazón de la gran ciudad, especialmente dotada de aires de dudosa calidad y gente dispar que transita como pollos sin cabeza -como si el único propósito fuera ese, andar-, encontramos la primera bocacalle del Paseo del Prado, la cuesta de Claudio Moyano, que no deja de ser un refugio de los que amamos los libros y una visita obligada cuando paso por la zona. Cuando acudo a Moyano suelo ir como me encamino a la nevera de mi casa, a la aventura, a ver qué se encuentra uno que le pueda solucionar y apaciguar la tarde. Como un Colón dispuesto a encontrar glorias más allá de la necesaria comodidad que aporta el hogar.

La cuesta de Moyano, que sube y sube hasta llegar a una de las entradas del Buen Retiro, está compuesta por casetas colmadas de libros antiguos, de segunda mano y, lo que es importante -por lo menos para un estudiante con una economía de estudiante como la mía- a un precio bastante asequible. El procedimiento de compra es bastante sencillo, casi como un enamoramiento, en el que libro, que está predestinado a estar contigo, te mira conquistándote, y tú, tontorrón, le dices: “va, te doy una oportunidad”.

Una forma de encontrar un libro es preguntárselo al casetero:

-Oiga, ¿algo de Donoso?-le preguntas. -Tenía cuatro y vendí los cuatro ayer-. -¿Y de Gorgue Bustos?-,-lo mismo- te responde. Aunque, no se engañen: algunos autores abundan en cada caseta. Lo que viene siendo el Trending de Moyano. Muchos filósofos, autores de generaciones conocidas, novelas añejas… Y antiguos y no tan antiguos tratados taurinos. Autores, en definitiva, que se encontrarán con el lector en ese extraño eje espacio-temporal en el que tenemos a bien movernos. Un sujeto que leerá lo que escribieron hace siglos, o hace unos pocos años, personas que quisieron dejar sus ideas reflejadas en unas manchas de tinta. Un regreso al futuro. O algo así.

En un mundo donde lo nuevo y lo reciente está mejor visto que lo que heredamos o permanece, los libros de Moyano dan una lección de eternidad al comprador, dejando claro que, ante todo, es la esencia del libro la que queda, pudiendo además comprobar el paso de este por las manos de diversos lectores, con sus subrayados y garabatos. Una inmensa fuente de conocimiento aportado por otro desconocido.

El comprador ascenderá o descenderá la cuesta bien contento, observado por el monumento a Pío Baroja, como si llevara un inmenso tesoro bajo los brazos. Decía Santiago Isla en una entrevista que el pasillo que lleva de Madrid al Cielo se encuentra en el Museo del Prado. Me parece muy exagerado. El pasaje que nos conducirá de Madrid al Cielo se encuentra en la cuesta de Moyano, donde entonaremos nuestro propio Nunc dimitis de camino a la eternidad.

J.G.

Quién es quién

Si los tiempos de Dios son perfectos, los del Sr. Sánchez no lo son. Y no por la naturaleza más que humana de nuestro presidente sino porque ninguna persona en su sano juicio planifica el calendario político-parlamentario tal y como lo ha planeado él -o Iván Redondo, el que pone la inteligencia en el tándem-. Tras una semana de sesión de investidura inserta en el periodo navideño -no sé si para que los ciudadanos estuviéramos desconectados-, el Sr. Sánchez se ha tomado un descanso y ha ido soltando nombres de sus ministros, como si se tratase de los concursantes de Gran Hermano VIP -me abstengo de llevar a cabo una comparación de estos últimos con algunos ministros-.

¿Se imaginan a Zizou convocando cada día a un jugador a través de Twitter para el partido de la jornada? No, ¿verdad? Eso sí, haría de lo ordinario, extraordinario; algo que, por separado, podría formar el doble de espectación, lo que invita a pensar que esta decisión no ha sido otra que una astuta estrategia del PSOE para no perder protagonismo en los medios con la formación del gobierno. Esto ha permitido a muchos españoles jugar al «Quién es quién», con ánimo de ir adivinando o no a los futuros ministros.

Viendo la plana mayor de lo que será el Consejo de Ministros, es la inverosimilitud hecha equipo de gobierno que, con el presidente, podrían formar dos equipos para un partido de fútbol. Por la cantidad digo. Por una parte bien se podría tratar de una buena telenovela de esas que emiten tras la comida pudiendo encontrar parejas como los Iglesias-Montero o el novio de la presidenta del Congreso, Meritxel Batet, nuevo ministro de Justicia. Me estoy imaginando los programas especiales y portadas si esos ministros fueran de derechas.

Además, un Consejo de Ministros con chistes en forma de nombramientos, como el de Garzón, el marxista ministro de Consumo; o el ministro de Universidades que hace cinco años halagaba a Estados Unidos porque no había ministerio de universidades.

@JavierGregorio_

Discurso real

Escuchar con especial atención el discurso de Su Majestad esta Nochebuena, fue sin duda, una paciente tarea de concentración. El murmullo de los estómagos presentes en el salón, expresaba el deseo de que las suculentas croquetas y demás entrantes salieran en breve por la puerta de toriles para ser lidiadas con éxito. A medida el mensaje se fue alargando, las miradas de los congregantes alrededor del televisor se fueron cruzando para acentuar sus palabras o para expresar aburrimiento, acompañado de una sonrisa sabedora de estar cumpliendo todos juntos con la tradición particular de esta fecha.

Como escribe Girauta en ABC, «la hermeneútica de los discursos reales es casi un género periodístico». El mensaje del rey, de fácil acceso y comprensión, sin perder la formalidad intrínseca de las circunstancias, permite a cualquier españolito de a pie recibir unas palabras de su Jefe del Estado. Unas palabras, como consideramos algunos en el contexto actual, de mayor importancia por la situación de inestabilidad socio-política en la que se encuentra nuestro país.

Es criticable que muchos medios, ante el discurso anual del monarca, prefieran anteponer el análisis del escenario del discurso al propio discurso. Aún así, -y disculpen la siguiente rebaja de mi lenguaje a un nivel diafásico más adolescente- seguramente se deba a que este año no ha habido «salseo» como tal. «Nada nuevo bajo el sol», que dice el Eclesiastés. Quizá algún matiz que remarcar, eso sí. Pero poca cosa. El principal motivo: aún no tenemos gobierno formado. Y eso complica, y mucho, el contenido del discurso. Un gobierno que iría sostenido por partidos contrarios a la corona y contrarios a la unidad de la nación. Y con un presidente, el Sr. Sánchez, de esos que cuando hay tormenta eléctrica, mira a los rayos pensando que le están sacando una foto con flash.

Las ideas claves, desde mi punto de vista, pasaron por los siguientes asuntos: respeto y entendimiento dentro del marco Constitucional; confianza en España, una confianza «que siempre ha sabido abrirse camino» como bien recalcó Don Felipe. Cada vez que mencionaba la unidad de la nación española, hilo conductor del mensaje, me acordé de Iceta por eso de que, según el cebollino Miquel, España tiene ocho naciones. Finalmente, recalcar la mención del Sexto Felipe a los 41 ciudadanos que condecoró con la Orden del Mérito Civil, un fiel reflejo de lo mejor de la población española. Entre ellos, Clotilde, fallecida meses después de recibir la condecoración, que, con 107 años, seguía siendo voluntaria en Cáritas Valencia, visitando enfermos y repartiendo ropa y comida entre los más pobres.

Termina un año que probablemente pase a la historia de nuestro país como «el año electoral» esperando que, como diría Rilke, el año nuevo llegue repleto de cosas distintas y nuevas experiencias. Esperemos que en lo político sea así.

@JavierGregorio_

Feliz 2020 a todos los lectores de Muy Agudo. Reciban un cordial saludo.

Spexit

El exageramiento patrio a la hora de interpretar una realidad, o lo que es lo mismo, a la hora de entender una información, una noticia, es de lo más común. Pintar como chupacabras o, por el otro extremo, como un pequeño insecto a un lobo, es muy nuestro. Como diría Galdós, nuestra imaginación es la que ve y no los ojos. Ahí, cuando la noticia no es legible y no entiendes realmente qué ha pasado, uno tiende a desconectar, a volverse loco buscando la verdad del asunto o a abonarse a una corriente de pensamiento visible en las tendencias de Twitter. Y a veces, optando por la difícil, la búsqueda de la verdad, uno se queda en suelo de nadie.

Algo así ha pasado con el fallo del Tribunal de la Unión Europea. Este determinó que el Tribunal Supremo español debió levantar la prisión preventiva contra Junqueras para que pudiese adquirir su condición de eurodiputado. Aunque pudiese poner en peligro el procedimiento judicial del 1-O en España. El Supremo, recordemos, procuró «asegurar los fines del proceso». Ahí es todo. O casi todo. A partir de ahí se han ido desarrollando sensacionalismos variopintos, de un extremo y otro.

Es palpable la pérdida de soberanía de nuestra nación. Algo que ya sabíamos que ocurriría desde nuestra incorporación a la Unión Europea. Aún así, y tras el fallo del TSJUE, es más evidente. Es por eso que en las redes sociales ya se empieza a hablar del «Spexit». ¿Qué es el Spexit? Una españolización del Brexit británico. Spain exit. Sin más. Un querer dejar de estar donde se está. Merecedor de un «caray» más fuerte que el que soltó Butragueño el miércoles reaccionando al VAR – y ya es decir-. No me parece raro, qué quieren que les diga. Otra cosa es que no lo comparta, ya que dinamitar el proyecto europeo sería un craso error.

El problema de la UE: se está convirtiendo en una nación de naciones en vez de en una comunidad política y económica. Aunque… ¿Se imaginan ustedes una España fuera de la Unión Europea? Preguntémosles a los agricultures que pueden desarrollar su actividad gracias a la PAC. Preguntémosles a aquellos que se mueven libremente por territorio comunitario, sin necesidad de visados. Preguntémosles a los estudiantes que enriquecen su formación por las becas Erasmus. O preguntémonos por este gran periodo que hemos vivido, gracias a Dios, sin guerras en suelo europeo.

La Vanguardia preguntaba ayer en su página web si el proyecto de la UE está en peligro por el Brexit y otros conflictos. Sea cual sea la respuesta de los lectores, la respuesta no es otra que afirmativa, evidentemente. Y es una pena. La creación de Schuman, Adenauer, y los otros padres de la Unión no merece desembocar en esto, aunque no queramos entenderlo. La Unión Europea es uno de los mayores tesoros que han llegado hasta nuestras manos.

Pero mientras, a lo nuestro. Con chuminadas recalcitrantes como el Spexit, que hasta ex-ministros están a un tris de apoyarlo. Y es que no es de extrañar. Nuestro gobierno, que corrige hasta su propia obra -véase el caso de las cuentas andaluzas- no hace más que buscar apoyo entre sediciosos golpistas. ¿Cómo piensan que vamos a construir algo fuerte, algo común, si dentro de los propios países de la Unión se alimenta a los secesionistas? Caray.

@JavierGregorio_

Feliz Navidad a todos los lectores de Muy Agudo.

Vaselina

La afición por escribir cartas en nuestro país se ve reducida a una o dos únicas ocasiones al año, en la mayor parte de los casos. Los destinatarios de esas cartas: Papá Noel y/o Sus Majestades, los Reyes Magos de Oriente. La escritura de esta correspondencia tan particular es la única forma, en muchos hogares, de enseñar a las nuevas generaciones esta antigua modalidad de comunicación, en desuso debido a las nuevas tecnologías. El futuro de nuestra sociedad prefiere escribir whatsapps de amor que cartas, aunque los dos puedan tener el mismo resultado, pero la carta imprime personalidad y autenticidad.

Volviendo a la carta dirigida a los Reyes Magos, hay quienes detallan de forma pormenorizada lo que quieren: algunos piden regalos más etéreos y otros materiales. Otra parte, muy pocos, dicen lo que no quieren. Incluso lo dicen en público, como García-Page hizo esta semana.

En medio del guirigay protagonizado por la búsqueda de apoyos para investir presidente al Sr. Sánchez a costa de pactar con los independentistas -a pesar de que Mr. Falcon dijese en campaña que estos eran peligrosos-, un puñaíco de los barones territoriales del PSOE tienen la valentía de plantar cara, de una forma u otra, al líder de su partido. Como Javier Lambán, secretario general del PSOE-Aragón que llamó supremacista a Iceta y Emiliano García-Page con su no deseo para el día de la venida de los Reyes Magos. García-Page, presidente de la comunidad de Castilla-La Mancha, ironizó acerca de lo que no quería que le trajesen los Reyes: vaselina. El mismo día que su partido se reunía con Esquerra. Vaya coincidencia.

El sarcasmo de García-Page, tan poco propio de un político de altura, deriva hacia lo chocarrero y ramplón. Eso sí, su intervención no ha sido otra cosa que una manifestación de molestia y estupor por esa parte del PSOE que aún cree en España y en el orden constitucional. Porque sí, existe. Pero a ellos, a los de Ferraz, se les llena la boca con federalismo y un modelo federal para España, cuando no saben dar voz en su propio partido a las diferentes organizaciones territoriales que conforman su formación.

No sé si Rajoy habrá escrito ya la carta a los Reyes. Lo que sí ha escrito y presentado esta semana en los medios es su nuevo libro. No sé a ustedes, pero Sánchez ha provocado en nosotros una morriña a Rajoy -no estoy desvariando- que sobrepasa la normalidad. Cada vez que le vemos en la pequeña pantalla, en vez de reproches nos salen expresiones adolescentes: «¡qué mono!». Estoy seguro de que el libro de Rajoy irá incluído en la carta de muchos españoles, no sé si porque echan de menos al presidente M. Rajoy, pero lo que estoy seguro es que lo valorarán porque lo ha escrito él mismo.

@JavierGregorio_